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viernes, 6 de noviembre de 2009

Si el señor Francisco levantara la cabeza …..

Justo unos meses antes de su muerte me confesó el señor Francisco que, aunque vivía feliz, pensaba que ya podía morirse tranquilo porque entendía cumplida una de las misiones en las que había comprometido su vida: sacar adelante una familia numerosa en el periodo difícil que media entre la década de los veinte y mediados de los setenta. Dicho con sus palabras: “tenía a todos sus hijos colocados”. O tal vez dijo “establecidos”, no lo recuerdo muy bien. El caso es que, poco tiempo antes, había cumplido con lo que consideraba su última obligación importante para con el más pequeño de sus siete hijos vivos: pagar su banquete de bodas. Y lo hizo con satisfacción y orgullo de padre a pesar de ser un hombre sin apenas patrimonio y de estar viviendo sus últimos años con una modestísima pensión. No me resulta para nada sorprendente. Respondía perfectamente a un sentido peculiar de la justicia según el cual lo que había hecho con los demás hijos no podía dejar de hacerlo con el último independientemente de su situación. Así lo pensaba y así lo hizo, por más que su hijo se empeñara en convencerlo de que las circunstancias eran otras, de que no contaba con ello y de que no se sentiría discriminado si no lo hacía. Todo inútil. Aunque el banquete no fuera de lujo, él se quedó sin una peseta. Si, si, sin una peseta, pero con toda la tranquilidad del mundo y todo su orgullo intacto. Ah, se me olvidaba decirlo. El que se casaba era yo y el señor Francisco era mi padre.

Con este precedente cómo no voy a entender a Félix Millet, expresidente del Palau de la Música y personaje reconocido y premiado en el ámbito de la buena sociedad catalana, en su afán por garantizar a su hija una pomposa celebración de su boda. Frente al caso anterior, hablamos aquí de una celebración que, entre unas cosas y otras, vino a tener un costo superior a los 80.000 euros, es decir en torno a trece millones y medio de las antiguas pesetas (casi dos millones sólo de flores). La asistencia de Consejeros de la Generalitat y de importantes financieros y empresarios catalanes, clara muestra del reconocimiento del personaje, terminaron de garantizar el lustre del acontecimiento.

Hasta aquí nada anormal, especialmente si consideramos las expectativas de la “buena sociedad” para celebraciones de esta índole. El problema reside en que mientras el señor Francisco se gastó hasta la última peseta para pagar los gastos de un modesto banquete, el que ostentaba el cargo de presidente del Palau cargó a la Fundación Orfeó Catalá, según parece desprenderse de los datos de la investigación en curso, 81.156 euros correspondientes a gastos de la boda de su hija. Esto es lo que se llama disparar con pólvora del rey.

Ojo, porque la cosa parece no quedar ahí. Los datos de la investigación apuntan a que los padres del novio le pagaron además alrededor de 40.000 euros, destinados a sufragar la mitad de los gastos de la celebración (ver el diario El Mundo del jueves 5 de noviembre). Una jugada maestra: aseguró a su hija una espléndida celebración de su boda y se embolsó por añadidura más de 6,6 millones de las antiguas pesetas. Claro que esto no es más que pura pacotilla si consideramos que, según se desprende de los datos que van emergiendo, el desfalco de este prohombre a la institución que presidía se mide al parecer en bastantes millones de euros.


Y, llegados a este punto, me pregunto cómo se sentiría el señor Francisco si levantara la cabeza y viera esto….. Presumo la respuesta: si levantara la cabeza, estoy convencido, volvería a reclinarla horrorizado y cerraría otra vez sus ojos para no contemplar tamaña desvergüenza.

Buenos días y mucha paciencia



miércoles, 28 de octubre de 2009

Contra viento y marea

Así, contra viento y marea, intento mantener en mis reflexiones el espíritu con que nació este blogg. Un espíritu que dejé reflejado de manera solemne en la declaración de intenciones que lo encabeza y que me permito reproducir aquí:

Este blogg responde a la idea de que sobre la mayor parte de las cuestiones que nos planteamos la mejor respuesta con frecuencia es una duda, un tal vez, un si pero..., o un en mi opinión es así. Responde a una protesta frente a las certezas absolutas y los dogmatismos de cualquier género. Eso sí, sin que ello suponga ninguna forma de relativismo. Es decir, convicciones sí, dogmatismos no.

Tengo que decir que sigo creyendo en esas ideas con la misma convicción que cuando escribía estas líneas. Y, sin embargo, me produce cierta inquietud, cierto desasosiego, el comprobar cómo mis últimas entradas destilan casi todas una importante dosis de irritación. Y es que la rabia que me produce la reiteración de comportamientos inaceptables en la gestión pública, teniendo como protagonistas a una variada gama de personajes sin escrúpulos que pululan por los pasillos del poder económico y político, me revuelve las tripas de tal forma que mis reflexiones terminan tal vez teñidas más por el sentimiento que por la razón, más por primeras sensaciones que por el pensamiento reflexivo, más por la ira que por el templanza.


A veces se me aparece tan fuerte esta inquietud que tengo la tentación de cerrar temporalmente este blogg para, dejados de lado los matices, y liberado del compromiso de distanciamiento relativo que voluntariamente me he impuesto, abrir otro blogg nuevo menos matizado, más agresivo y visceral, y con un título menos compresivo. Pero lo cierto es que no acaba se salirme de dentro. Tengo la sensación de que traicionaría en lo más íntimo algunas de mis convicciones más arraigadas. De manera que, aun a riesgo de que algunas de mis entradas en el blogg puedan bordear los límites, prefiero seguir aquí, contra viento y marea, intentando mantener el tipo en este difícil equilibrio.

Porque resulta difícil ser mesurado, contra viento y marea, al enjuiciar los comportamientos indecentes de los gestores del sistema financiero, cuando se reparten sin pudor cantidades insultantes de dinero en medio de una crisis económica provocada en gran medida por sus malas prácticas. Porque también resulta difícil ser, contra viento y marea, prudente y mesurado al analizar los comportamientos corruptos que, afectando prácticamente a todos los partidos con poder –y hoy ha salido a la luz el último escándalo de corrupción que afecta de forma entrecruzada a personajes relevantes de Partido Socialista Catalán y de Convergencia- embarran la vida política a unos niveles insoportables para los ciudadanos honrados a cuyo servicio deberían estar. Porque es difícil mantener, contra viento y marea, la prudencia ante la intolerancia, la falta de respeto y el fanatismo de algunos personajes y personajillos de medio pelo, a quienes hace especialmente despreciables el desprecio que manifiestan por los otros y por sus ideas. Y porque es difícil, en fin, mantener contra viento y marea la prudencia y la mesura ante los efectos perversos que provocan los comportamientos de todos ellos en la ciudadanía a la que dicen, con mentira, servir.

Pues bien. Contra viento y marea seguiré intentando en este blogg vencer la tentación del exabrupto y seguir cultivando la moderación en el análisis y en el juicio, sin renunciar por ello a la crítica desde mis convicciones más profundas. Contra viento y marea.

Así pues, pese a las nuevas malas noticias sobre corrupción política, una vez más contra viento y marea, deseo a todos un feliz día.

Hasta la próxima

viernes, 23 de octubre de 2009

Descorazonador

Si, si … descorazonador, decepcionante, desolador, deprimente y frustrante. Son los adjetivos que pueden calificar los tonos que definen mi estado de ánimo cuando ojeo la prensa cada día, mientras tomo mi café con leche y mi croissant en la cafetería habitual. Para alguien, cuyos padres grabaron a fuego en sus años de infancia el valor de la honradez y el sentido de la responsabilidad, para alguien que aprendió de niño que uno ha de responder de sus actos ante los demás y ante su propia conciencia y que ha de ganarse honestamente la vida con sus propio medios, sin aprovecharse o utilizar indebidamente recursos ajenos, resulta insoportable la sensación de falta de honradez y, al parecer, de conciencia moral, de los numerosísimos golfos de la política que, aprovechándose sin pudor alguno de la confianza depositada en ellos por la ciudadanía, se dedican a enriquecerse ellos mismos y a enriquecer a sus amigos utilizando de manera indebida y fraudulenta, a menudo directamente delictiva, los recursos públicos. Esos recursos que las administraciones obtienen de los impuestos que pagamos todos los ciudadanos y que, por lo mismo, deberían ser gestionados con especial cuidado y con la máxima honestidad.

Escribo estas líneas, alejándome un poco en el tono de los principios que yo mismo he querido poner en el frontispicio de este blog: la mesura, la prudencia en el juicio, la duda frente a las certezas absolutas, la falta de alineamientos “a priori”, la consideración siempre del carácter poliédrico y complejo de la realidad, la huída de afirmaciones simplistas o tópicas, el repudio de las descalificaciones gratuítas.

Y lo hago porque no puedo hoy evitar el dejarme llevar por la indignación y la ira. Lo que me sale de dentro es un discurso irritado, visceral, envenenado de frustración, por las noticias de escándalos y corrupción política que, con múltiples variantes y afectando a miembros de diferentes grupos y cargos políticos, salpican cada día las páginas de la prensa diaria y, particularmente la de hoy. En ella se recogen graves indicios de tráfico de influencias, malversación de fondos públicos y trato de favor a personas cercanas, testaferros o sociedades pantalla, a la presidenta del Parlamento Balear y expresidenta del Consell de Mallorca, perteneciente a Unión Mallorquina. En ella se informa también de las prácticas intolerables del alcalde del Éjido, del Partido de Almería, que perteneciera en su día al PP y que, rebotado, ha venido gobernando con el apoyo del PSOE; prácticas tales como pagar a empresas cercanas diferentes partidas con un presupuesto inflado, al parecer en beneficio del propio alcalde y sus socios . A título de ejemplo, y según datos aportados por Miguel Carrrera en el diario El Mundo, 474 euros por poner una bombilla en una taquilla de venta de entradas, 2.100 euros por la reparación de una baldosa en la plaza mayor, más de 24.000 euros por la construcción de dos pasos de peatones. Eso por no hablar de otras prácticas especulativas en beneficio propio en el ámbito inmobiliario, que se recogen también en el mismo artículo y que no voy a reproducir aquí.

Si a esto añadimos los comportamientos deplorables de los políticos del PP implicados en el caso Gurtel, los indicios de tráfico de influencias y de aparente nepotismo en la Junta de Andalucía, y el goteo de corruptelas que van apareciendo cada día en los medios afectando a miembros de diferentes partidos, no es de extrañar el progresivo y peligroso desprestigio de la clase política entre los ciudadanos. No es de extrañar tampoco que se la acuse de estar afectada no sólo por una corrupción moral absolutamente deprimente (carente de frenos legales y éticos) sino también, como hace Justino Sinova en su artículo de hoy en el citado diario, de “una corrupción intelectual que lleva a los políticos corruptos a despreciar las leyes, las instituciones y las personas”.

A la vista de estos desmanes, ¿cómo pedir a los ciudadanos que sean mesurados en sus juicios?; ¿cómo demandarles que sean rigurosos y sepan distinguir el grano de la paja, los políticos honrados (que los hay y muchos) de los políticos corruptos?; ¿cómo pedirles que no reaccionen con indignación y con ira?. Ni siquiera el autor de este blog, que deliberadamente pretende hacer estandarte de la templanza y la mesura, de la prudencia y el rigor, del contrabalance del sentimiento con la razón, es capaz de resistir la tentación del cabreo. De un irreprimible e insoportable cabreo.

En contrapartida, y en compensación, dedico mi saludo más cordial y mi mejor sonrisa a la incontable buena gente que anda por el mundo.

Buenos días y hasta la próxima.


miércoles, 21 de octubre de 2009

Si no fuera de pena ….

….. Sería de traca. Sujeto: Este país. Basta echar cada día una mirada ligera a la prensa para comprobarlo. Me limitaré a constatarlo con unos breves a título de muestra. Todos ellos son noticia hoy mismo.


El juzgado de instrucción nº 30 de Barcelona deja libre a Felix Millet

Para quien no lo recuerde o no lo sepa, Felix Millet es un personaje de la buena sociedad catalana, expresidente del Palau de la Música, que fue galardonado por Jordi Pujol en 1999 con la Cruz de Sant Jordi, una alta distinción de la Generalitat, “por su papel decisivo en la dinamización de las actividades del Palau”. Claro que, de paso, aprovechó para desviar, para uso propio, algunos millones de euros de las cuentas del Palau (naderías).

Pues bien, a este “altruista” benefactor de la cultura catalana el juzgado de referencia lo deja en libertad sin fianza alegando que no existe ningún “dato objetivo concreto” que indique la posibilidad de fuga. Alega que, pudiendo haberlo hecho después del registro del Palau, no lo hizo. Estupendo. Puesto que hasta ahora no lo ha hecho, démosle una nueva oportunidad.

Pregunta: ¿cuántos de los presos que están en la cárcel a la espera de juicio y que no pertenecen a la buena sociedad, catalana, madrileña o la que sea, podrían gozar y no gozan de la misma presunción? Y si no se aplica el mismo criterio, ¿cómo podemos presumir de vivir en un estado de derecho?. A no ser que aceptemos que en un estado de derecho valga decir que “todos somos iguales ante la ley, pero algunos son más iguales que otros”. Lamentable.

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Cortina y Alcocer reclaman al Estado 4,6 millones por “daños morales”

Si no estuvieramos acostumbrados a que cualquier sorpresa recibida hoy, por enorme que sea, puede ser superada mañana por otra mayor, diríamos que es prácticamente imposible imaginar más desvergüenza. Estamos hablando de los archifamosos Albertos, esos señores, en este caso de la “jet económica”, que fueron condenados en 2003 por el Tribunal Supremo como responsables de una estafa de 25 millones de euros a los socios minoritarios de Urbanor, propietaria del solar donde se contruyeron después las torres Kio. Su defensa apeló al Tribunal Constitucional y, entre su pericia generosamente pagada (faltaría más) y algún resquicio legal que resulta insoportable imaginar, consiguió que el citado tribunal, modificando su propia jurisprudencia sobre la prescripción de este tipo de delitos, anulara la sentencia en 2008.

Increíble y lamentable que así fuera y habría que pedir por ello cuentas, quizás a parte iguales, a los que hacen las leyes y a los que las aplican. Las mismas leyes se pueden interpretar de forma más o menos amplia, más o menos restrictiva y, por lo que se ve, existe en este país una irreprimible tendencia a ser particularmente bondadosos en la aplicación a los poderosos.

Claro que, si lo anterior es lamentable, la reclamación de los ínclitos Albertos es simple y llanamente una tremenda e insoportable desfachatez. No les basta con haberse llevado la pasta. No tienen suficiente con haber salido inmunes del castigo que debía habérseles aplicado. Quieren además tomarnos el pelo reclamando al Estado -es decir, a nosotros, a todos los ciudadanos- 4,6 millones de euros como compensación, pobrecillos ellos, por el perjuicio “moral” y “económico”(?) que su procesamiento les ha ocasionado. ¿Será posible semejante cara dura? ¿Cabe imaginar mayor desvergüenza? Me temo que estas preguntas no son más que preguntas puramente retóricas ya que, aunque mi primera tentación es contestar negativamente, viviendo en este país de traca, no me sorprendería que mañana nos despertáramos con otra de lo mismo y, como decíamos en mi pueblo, incluso con “copete”.

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El PNV no acudirá a la fiesta de los 30 años de Estatuto, o de desagradecidos está el mundo lleno

Muchos de los que vivimos una buena parte de nuestra vida bajo el régimen franquista, de carácter absolutamente centralista y agresivo con cualquier manifestación nacionalista, hasta considerar delito la colocación de la ikurriña y perseguir cualquier manifestación reivindicativa de los nacionalismos periféricos, desde la utilización de la lengua propia al simple uso de instrumentos musicales autóctonos, supimos muy bien en su día, y seguimos siendo conscientes hoy, del avance que supuso y supone el Estatuto de Gernika como instrumento útil para avanzar, mucho más allá de lo imaginable entonces, en el autogobierno y en el cultivo y desarrollo de la lengua y cultura propias. Por no hablar de los poderosos resortes para una gestión autónoma de la economía cuyos resultados han sido razonablemente positivos incluso en las situaciones más difíciles y complicadas.

Claro que, a pesar de todo, se puede aspirar a más, y está claro que el horizonte final de los partidos nacionalistas, incluído al menos un sector del PNV, tiene como aspiración última la creación de un estado propio. Aún así, me resulta de todo punto icomprensible que el PNV, que conoce mejor que nadie lo que de verdad ha supuesto de avance para el País Vasco este Estatuto y que, en virtud del mismo, ha estado gobernando tanto tiempo este País, tanto en el Gobierno Vasco como en Diputaciones y Ayuntamientos, por no se que razones sobre las que no quiero especular, sea incapaz de reconocer el valor que para la sociedad vasca en su conjunto ha tenido y sigue teniendo el Estatuto de Gernika, incluso si estima que puede ser mejorado. Es más, incluso si aspira a que en el futuro el Estatuto de Autonomía sea sustituído por la independencia. A cada uno ha de dársele lo que se le debe y, en mi opinión, no creo que sea precisamente el PNV de los que menos debe al Estatuto. Claro que de desagradecidos está el mundo lleno.


Pues eso. Que si no fuera de pena .... sería de traca

Buenos días y hasta la próxima

miércoles, 14 de octubre de 2009

La gota equivocada


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Me refiero a la gota que colma el vaso. Hablamos de política, hablamos de partidos, hablamos de corrupción política en el seno de los mismos. Y hablamos también de las motivaciones que a menudo inducen la forma de responder de los partidos ante la corrupción cuando ésta hace acto de presencia en sus filas, cosa que, por desgracia, viene ocurriendo con demasiada frecuencia en nuestro país. Bastaría con hacer una exploración somera de las hemerotecas para comprobar hasta que punto ha estado presente entre los diferentes partidos desde la instauración de la democracia. Porque de la dictadura ni hablamos.

Aunque me resulta enormemente descorazonador que importantes personajes públicos con una supuesta vocación de servicio a la comunidad (así entiendo yo la acción política), se dediquen a enriquecerse utilizando en su provecho personal -de forma impropia, cuando no delictiva- los resortes del poder, no me rasgaré las vestiduras por ello. Ni todos los políticos han entrado en política con esa vocación de servicio, ni siquiera es descartable que quienes sí lo hicieron en origen sean incapaces de resistir la tentación de tomar como botín una parte del dinero sobre el que han de tomar decisiones. Es una parte lamentable, pero real, de la condición humana contra la que, al parecer, hay muchas personas sin vacunar.

Claro que, una cosa es que existan en la vida política personajes sin escrúpulos decididos a servirse del poder para su medro y enriquecimiento personal, y otra bien distinta que los partidos políticos no establezcan mecanismos rigurosos de control para detectarlos con premura y, lo que es más importante, para mandarlos a su casa y, si procede, denunciarlos ante la justicia. Eso en lugar de que sean otros los que hayan de descubrir sus vergüenzas.

En lugar de eso nos encontramos con una tendencia de los partidos afectados, primero a intentar minimizar u ocultar, luego a defenderse alegando ser objeto de persecución por parte de otros partidos, de los medios de comunicación, e incluso de las instancias judiciales, y, en todo caso a aplazar cualquier toma de decisión mientras la justicia no se pronuncie. ¡Como si no existieran comportamientos políticos impropios, políticamente inaceptables y merecedores de repulsa colectiva, incluso sin ser delictivos! Y entretanto los ciudadanos de a pie nos vemos obligados a contemplar con desasosiego cómo pululan por la vida política personajes impresentables capaces de aceptar con todo el desparpajo que les regalen trajes, relojes y, si fuera el caso, coches deportivos; y a sus señoras alguna que otra joya o complemento de marca reconocida. ¿A santo de qué? ¿A cambio de qué? Porque sería de tontos aceptar que a uno le hacen estos regalos por su cara bonita. Y, desde luego, si así lo creyeran, tampoco sería razonable dejar que personajes tan estúpidos se ocupen de nuestros intereses colectivos.

Y voy ahora a la parte de mi reflexión que da título a esta entrada. Con motivo de los lamentables acontecimientos de corrupción en el ámbito de la Comunidad Valenciana la dirección del PP, como en su día hiciera también el PSOE con motivo de sus propios episodios de corrupción, ha adoptado esa misma fórmula manida: primero de inacción o de acción dilatoria, luego de actitudes un tanto paranoides, para finalmente, tarde y mal, agobiado por los indicios de comportamientos cuando menos irregulares, si no delictivos, y preocupado por la posible influencia negativa en elecciones futuras, intentar parchear la situación con medias tintas, sin adoptar medidas radicales. Sólo cuando Ricardo Costa, el personaje directamente afectado en esta ocasión, se insolenta y no las acepta de buen grado, sale al escenario la secretaria general del PP para asegurar que esta es la gota que colma el vaso y para anunciar el cese de Costa en sus cargos en el partido y en las cortes valencianas. Me permito modestamente corregir a la señora Cospedal para decir que el vaso de la paciencia de muchos ciudadanos con la tolerancia de los partidos a la corrupción lleva ya mucho tiempo rebosando. Y que esa gota no es precisamente la indisciplina de partido

Es todo por hoy. Buenos días y hasta otra.

miércoles, 1 de abril de 2009

Corrupción: una perversión de la actividad política

Un reciente auto del juez Garzón recoge la existencia de indicios de que dos personajes relevantes del PP, el eurodiputado Gerardo Galeote y el tesorero del partido Luis Bárcenas, han aceptado sobornos por no importa que cantidades y que gestiones. Ni cuál sea la cantidad, ni en qué consisten las gestiones compradas, son para mi lo importante, lo relevante es el hecho. No seré yo quien les niegue, en principio, la presunción de inocencia. Tampoco voy a menospreciar el valor de las acusaciones en función de que quien las hace sea un juez de historial tan peculiar -por decirlo suavemente- como el del juez Garzón, un personaje sinuoso, con veleidades políticas conocidas y con un historial de idas y vueltas que conoce en sus propias carnes el partido del gobierno y que no voy a recordar aquí. Me gustaría por ello que el auto viniera de manos de un juez menos veleidoso y mucho menos dado al protagonismo público. Sin embargo tampoco eso es para mi lo relevante.

Lo relevante es que, al parecer, existen indicios sólidos de corrupción en éstos y en otros personajes políticos, que utilizan una profesión, que se supone de servicio a la ciudadanía, como un instrumento de enriquecimiento personal a cambio de una perversión intolerable de su oficio. Se supone, o debería suponerse, que quien decide dedicarse a la política lo hace respondiendo a una vocación de servicio a la comunidad y que, a cambio de este servicio, recibe una compensación económica que le permite vivir dignamente, generalmente en unos niveles confortables, muy por encima del ciudadano medio. Y sin embargo estos personajes indeseables -y no me refiero sólo a los dos aludidos más arriba, si se demuestra su culpabilidad- se olvidan del sentido genuino de su profesión y la prostituyen de forma tan descarada como lamentable en beneficio de su enriquecimiento personal. Ellos son los primeros que deben ser objeto de la mayor de las reprobaciones. No en vano, aparte del comportamiento delictivo, si lo hubiere, son responsables de un fraude inaceptable al conjunto de los ciudadanos que, directa o indirectamente han depositado en ellos su confianza.

Pero, aparte de dar por sentada la responsabilidad personal y de reprobar vivamente a quien así se comporta, quiero llamar especialmente la atención sobre la resposabilidad colectiva que deben asumir ante la ciudadanía los grupos políticos que proponen, nombran, mantienen, e incluso defienden, a personajes que probablemente no merecían ser propuestos y nombrados para cargos públicos y que, a posteriori, no merecen ser mantenidos y mucho menos defendidos una vez que la honestidad de su gestión está en tela de juicio, incluso si todavía no existe una sentencia judicial inculpatoria. Los ciudadanos no nos merecemos una actitud justificativa, ni siquiera tibia, de los partidos con estos personajes indeseables que sacrifican a su codicia la nobleza de una actividad de servicio como la política. Los partidos no pueden convertirse en avales de una afirmación que yo considero injusta por simplificadora y generalizante, pero que cada vez parece tener más defensores: la de que "los políticos van a lo suyo y son todos iguales". Precisamente deberían ser los políticos honestos, seguramente la mayoría, quienes tuvieran mayor interés en hacer desaparecer de sus grupos a estos especímenes insolidarios y codiciosos que merecen toda la reprobación ciudadana y que no son dignos del honroso título de políticos.

Es todo por hoy. Buenas tardes y hasta la próxima.

domingo, 8 de marzo de 2009

Ni corruptos, ni cínicos. Necesitamos políticos honestos.


Hace algunos años un directivo de un centro educativo tenía que participar en la toma de decisiones sobre la admisión de alumnos en un momento en que la excesiva demanda exigía una selección previa. Como en otras ocasiones, también en esa algunos padres de solicitantes se acercaban a interesarse por las posibilidades de que sus hijos fueran admitidos. Hasta ahí normal, salvo que uno de ellos quiso, por decirlo suavemente, añadir presión al asunto enviándole algunos “regalillos” a su casa. El directivo citado averiguó su dirección y se los reenvió con una nota en la que le expresaba su rechazo a este tipo de prácticas a la vez que renunciaba a tomar parte en cualquier decisión que afectara a su hija para que ésta no se viera perjudicada por el enfado.


Por aquellas fechas, en una reunión de amigos algunos de los participantes , que trabajaban en organismos oficiales hablaban con toda naturalidad de distintos regalos que recibían por navidades de algunos empresarios con los que se relacionaban habitualmente y sobre cuyos intereses tomaban habitualmente decisiones. En señal de agradecimiento, decían. Para ser sinceros hay que decir que los regalos nunca eran de gran entidad. Se inició entonces una discusión sobre si debían o no aceptarse ese tipo de regalos y hubo opiniones para todos los gustos.


Pues bien, mi opinión es que, cuando proceden de personas o entidades implicadas en decisiones que han de ser tomadas por el destinatario de los mismos, quien los hace suele intentar obtener a cambio alguna ventaja, frecuentemente en detrimento de otras personas a las que quedarían a su vez en desventaja. Carece de importancia que el regalo sea modesto o de gran valor; lo cualitativo, la esencia de la cuestión es la misma. Sólo haría una matización si se trata de un obsequio hecho por personas que de manera evidente ya no tendrán en el futuro esa relación y quieren mostrar un agradecimiento desinteresado por los servicios prestados. Hasta ahí.


Si algún curioso se ha encontrado con esta entrada y ha tenido paciencia suficiente como para llegar hasta aquí, se estará tal vez preguntando a dónde quiero ir a parar. Pues bien, quiero hacer una reflexión que está tan de actualidad hoy como lo estuvo en el pasado. Me estoy refiriendo a la corrupción en los ámbitos administrativo y político. Y digo hoy porque llevamos ya unas semanas desayunándonos cada día con noticias relativas a la presunta corrupción de algunos políticos, preferentemente cargos electos del PP. Pero digo también en el pasado recordando los episodios de corrupción de mediados de los 90 (caso Filesa), en que se vieron implicados cargos del PSOE. Y eso por no hablar de otros muchos que puntualmente han ido recogiendo los medios de comunicación cada poco tiempo. No pretendo establecer equilibrios: la corrupción de ayer no justifica la de hoy; el descaro de unos no justifica ni vela el de los otros. Los políticos corruptos no merecen seguir siéndolo. Los ciudadanos que les pagamos no nos lo merecemos y tenemos todo el derecho a pedir que se vayan a casa y que, si se han lucrado con sus corruptelas, devuelvan hasta el último euro. ¡Ingenuo de mí! Ya se que, al menos lo último, no lo van a hacer.


Lo curioso del caso es la forma en que los partidos políticos –y con ellos los medios de comunicación adictos- tienen de enfocar el asunto: resistir lo más posible, reclamando la presunción de inocencia y alegando que no hay condenas, cuando los cogidos en renuncio son los políticos del propio partido (caso del PP en las últimas fechas) y lanzarse a la yugular cuando los implicados son del partido contrario (como hace hoy el PSOE). Exactamente lo mismo que ocurrió con el caso Filesa, sólo que con los papeles cambiados. Esto es puro cinismo por parte de unos y de otros y, desde luego yo no me quedo con ninguno.


No caeré, sin embargo, en la tentación de afirmar, como se hace a menudo, que todos los políticos son corruptos; ni siquiera que lo son la mayoría. Creo más bien que son pocos, pero que hacen mucho daño y los propios partidos, por su bien, pero sobre todo por el de los ciudadanos, deberían ser muy cuidadosos para impedir que se cuelen en cargos de responsabilidad y para depurarlos cuando hayan conseguido colarse. Los ciudadanos de a pié seguramente nos sentiríamos más cómodos con los partidos que fueran capaces de comportamientos semejantes.


Es todo por hoy. Buenas noches y hasta la próxima.