Mostrando entradas con la etiqueta Análisis político. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Análisis político. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de marzo de 2010

Mayor Oreja ¿Resbalón lingüístico o juicio de intenciones?

Afirma Mayor Oreja de forma solemne e impostada-como él suele hacerlo- que Zapatero y ETA “no son adversarios sino aliados potenciales” porque el primero busca “debilitar” a España y la segunda “destruirla”. La afirmación de que son aliados potenciales la argumenta asegurando que en este momento de debilidad a ETA y sus adláteres les interesa reiniciar una negociación con el gobierno que les permita un respiro y les garantice la posibilidad de participar en las próximas citas electorales, obtener representación en las instituciones, asegurarse con ello una fuente de ingresos y obtener alguna ventaja política como resultado de la negociación. Y, por lo que se refiere a Zapatero, el deterioro progresivo de su imagen y de las expectativas electorales del PSOE que reflejan las encuestas, le haría proclive a buscar un golpe de efecto haciendo un nuevo intento de recuperar imagen, ganar las siguientes elecciones y pasar a la historia asociando su nombre al final del terrorismo en España.

Aun aceptando que pudiera darse esta coincidencia de intereses de orden táctico, que llevara a un nuevo intento de negociación con ETA, del que Mayor Oreja afirma tener indicios y no pruebas, resultaría excesivo atribuir a ambos la condición de “potenciales aliados”. Un aliado es aquel que se asocia con otro para perseguir un objetivo común acordando para ello una estrategia de actuación. No es un enemigo, sino un socio con el que se trabaja en un proyecto compartido. Y en este sentido, por más que se esfuerce Mayor Oreja en afirmarlo con toda solemnidad, ni siquiera quienes tenemos serias dudas sobre las cualidades y la capacidad de Zapatero como gobernante podemos estar de acuerdo con una afirmación tan fuera de lugar y tan falta de matices. Seguramente se puede decir del presidente que no duda en mentir o enmascarar la verdad cuando le conviene, que utiliza como pocos la demagogia, que a menudo esconde la cabeza debajo del ala ante los problemas y que es incapaz de tomar decisiones que, siendo necesarias e incluso urgentes, puedan deteriorar la imagen redentora que se ha creado de si mismo y que ha terminado por creerse. De ahí a afirmar que es un potencial aliado de ETA porque ha intentado negociar con ella buscando el fin de la violencia terrorista o porque pueda volver a intentarlo en el futuro, media un abismo. Con el mismo argumento se podría haber afirmado lo mismo de Felipe González y de Aznar cuando lo intentaron en su día sin que nadie tuviera la ocurrencia de considerarlos aliados de ETA. Particularmente no tengo la menor duda de que cada uno en su momento lo intentó con la mejor intención y considerando a ETA no como un potencial aliado, sino como un enemigo al que se pretende neutralizar o convencer de su estrategia equivocada.

Claro que lo que me resulta más difícil de digerir del discurso de Mayor Oreja es el juicio de intenciones que hace cuando afirma que Zapatero “busca debilitar a España”. Tal vez podría discutirse si la actuación política del presidente y sus gobiernos a lo largo de los últimos años ha producido un debilitamiento objetivo del país -y en algunos aspectos parece que sí- pero de ahí a atribuir a Zapatero la voluntad de buscar el debilitamiento media un abismo. Una cosa son los resultados de una gestión, que puede ser buena o equivocada en orden a conseguir unos objetivos deseables, y otra muy diferente que se juzguen las intenciones por los resultados. Es como sí, a la vista del resultado de la eliminatoria de octavos de la Champions pretendieramos atribuir al Real Madrid la condición de aliado del Olympic de Lyon porque con su actitud sobre el campo y con el empleo de una estrategia equivocada, colaboró con él en su eliminación. Está claro que los resultados no siempre coinciden con las intenciones por mucho empeño que se ponga en ellas. Y yo no tengo duda de que las intenciones de nuestros presidentes eran buenas cuando intentaron terminar con el terrorismo mediante el diálogo, incluso si, como ocurrió en la práctica, los resultados no fueron los buscados. Por eso, a pesar de todas mis reservas sobre la actitud y la capacidad de Zapatero para liderar este país en una situación como la actual, no creo que sea de recibo la ligereza con la que Mayor se permite su juicio de intenciones. Porque parece que de eso se trata, y no de un resbalón lingüístico, a la vista de posteriores declaraciones.

Buenos días y hasta la próxima




martes, 23 de febrero de 2010

Argumentarios de partido o monumento a la simplificación

Hay cosas que, por más que se repitan a menudo, no dejan de sorprenderme. Cada cierto tiempo aparecen en los medios de comunicación referencias al hecho de que los partidos políticos, al parecer sin excepción, envían a sus cenáculos instrucciones sobre como argumentar las bondades de las propuestas y la actuación del propio partido y cómo contraargumentar los posibles ataques de los partidos rivales. Los llaman “argumentarios” y representan para mi la máxima expresión de un síntoma francamente preocupante de la enajenación de la voluntad y el pensamiento de los militantes a la que tienden nuestros partidos.

Confieso que la detección temprana de esta tendencia sofocante, que pretende cercenar de forma radical las discrepancias internas en el seno de los partidos y de convertir a los militantes en fieles seguidores de una religión de partido, -incluso entre partidos que abominan expresa o tácitamente de la religión-, fue y sigue siendo una razón fundamental para mi renuncia militante a cualquier militancia partidista; una militancia que a menudo resulta ser más pragmática que ideológica. No me gustan los dogmatismos de ningún género. No me gustan los mesianismos. Me cargan los liderazgos incontestables que pierden el sentido de la realidad y que no toleran la crítica. No soporto a los que jamás reconocen haberse equivocado.

Desde esta perspectiva se entenderá la desazón que me produce el hecho de la existencia de esos argumentarios. Y no digamos ya el contenido de los mismos: una serie insoportable de simplificaciones y reduccionismos, de enfoques unidireccionales, de generalizaciones abusivas, de descalificaciones retóricas del adversario y de sofismas infumables. Pura estupidez en píldoras que, por falta de matices, resulta insultante, o debería hacerlo, para cualquiera que reivindique para sí el derecho y la capacidad de pensar por sí mismo.

Argumentarios. He aquí una de las manifestaciones prepotentes de la debilidad real de nuestros partidos, tan inmaduros que son incapaces de aceptar la crítica interna, de reconocer la capacidad de sus militantes para pensar por sí mismos y para defender con autonomía sus ideas. Triste pero real. ¿Qué le vamos a hacer?.

Nada más por hoy. Buenos días y hasta la próxima.

sábado, 6 de febrero de 2010

Gobernar exige decisiones difíciles

La verdad es que a estas alturas de la película resulta difícil saber dónde estamos, hacia dónde caminamos y qué posibilidades tenemos de alcanzar un destino confortable. Todo lo que ha ocurrido en nuestra economía a lo largo de las dos últimas semanas, y sobre todo de la última, no ha hecho otra cosa que sembrar de dudas e incertidumbres el próximo futuro. A los malos augurios hechos por los expertos en la cumbre de Davos, se han sumado los datos objetivamente preocupantes del aumento imparable del paro, el endeudamiento público y la confirmación de que, en el último trimestre del pasado año, seguíamos todavía en recesión; algo que ya no ocurre en los países de nuestro entorno. No se si esto es de por sí suficiente para explicar otro dato añadido que no se puede pasar por alto: que el ibex 35, que hace dos semanas estaba instalado por encima de los 12.000 puntos, se encontraba, al final de la sesión de ayer en torno a los 10.100, lo que supone un descenso espectacular del orden del 16%. Es muy probable que a la influencia de los datos objetivos se hayan sumado algunos movimientos especulativos, pero sería estúpido pretender menospreciar la importancia de esos malos datos como factores clave. Los especuladores son personas físicas o jurídicas que suelen actuar con la más condenable de las inmoralidades, pero resulta que manejan como nadie los datos objetivos y las expectativas positivas o negativas que estos generan.

El problema seguiría siendo serio incluso si tuviéramos la certeza de tener un gobierno clarividente en el análisis de la situación, riguroso y consecuente en la propuesta de estrategias para abordar los problemas y decidido a asumir, con fortaleza y sin mirar a la galería, las medidas que la situación exige. Si así fuera, tendríamos al menos la confianza que produce la sensación de tener claro el punto de partida, trazado un horizonte y pergeñado un camino bien orientado para alcanzarlo. Si así fuera es probable que, en torno al proyecto, pudiéramos todos aceptar poner nuestro granito de arena, nuestra parte correspondiente de esfuerzo y sacrificio para hacerlo viable.

Pero claro, hasta hace un par de años vivíamos en una etapa de euforia y expansión económica -aunque, por lo que se ha visto, sobre bases llamativamente frágiles- en la que, como suele ocurrir cuando las cosas van bien, resultaba fácil y cómodo gobernar, incluso intentar hacerlo con la sonrisa puesta, tratando de complacer a todo el mundo, a veces con largueza desmedida, sin pensar en posibles efectos indeseados de cara al futuro. Cuando la situación cambia, el presente se complica y el futuro se vuelve hosco resulta tremendamente difícil aceptarlo y se empieza por intentar enmascarar o negar los hechos. Luego, cuando se muestra evidentes y ya no se pueden camuflar, resulta que se ha perdido un tiempo precioso para tomar conciencia de la crisis y para intentar hacerla frente desde el principio, desde sus raíces.

Por si fuera poco, unos gobernantes que han insistido por activa y por pasiva en la fortaleza de nuestra economía, que han hecho del gasto una vocación y que han ahogado en concesiones no siempre bien justificadas cualquier conato de contestación social o autonómica, no parecen tener ni la actitud ni la fortaleza de ánimo suficientes para fajarse en hacer frente a una situación de crisis. Una situación que exige firmeza para tomar decisiones, algunas de las cuales pueden resultar impopulares o molestar a determinados sectores de la población, e incluso a organizaciones a las que se ha intentado siempre complacer y con las que puede ser necesario enfrentarse. Me gustaría creer que no es así, pero las constantes idas y venidas de nuestros gobernantes les restan credibilidad. Así lo avala el hecho de que dan un paso adelante remitiendo a la Unión Europea un plan para estabilizar la economía y ponerla en condiciones de avanzar, y luego dos pasos atrás en el momento que vislumbran la amenaza de tener que defender sus propuestras frente a la resistencia de los sindicatos. No es de recibo. Porque, o no han pensado y construído con rigor el plan, en cuyo caso es absurdo proponerlo, o lo habían pensado bien y lo estimaban adecuado a la situación, en cuyo caso lo absurdo es revisarlo a las primeras de cambio.

Tampoco resulta mucho más alentador el último intento del gobierno que, al parecer, ahora lo fía todo a la concertación social. Un intento que, por otro lado no es nuevo y cuyos precedentes no invitan precisamente al optimismo (el último de hace unos meses se saldó con un sonoro fracaso). Pero en fin, supongamos que, dadas las circunstancias, los sindicatos y las organizaciones patronales vayan esta vez con más urgencias y mejor predisposición. En todo caso, lo que resulta decepcionante es que el documento que presenta el gobierno sea tan etéreo, tan literario y poco concreto como lo describen quienes han hecho ya una primera lectura del mismo. También resulta discutible que, de entrada, el gobierno asuma que todo lo que se decida ha de ser consensuado. Por más que la propia falta de concreción permita que unos y otros no encuentren en la propuesta nada que los soliviante, si analizamos friamente las manifestaciones de las organizaciones empresariales y los sindicatos en cuestiones fundamentales sobre las que habrán de tomarse decisiones, no resulta difícil pronosticar que los acuerdos importantes van a ser más bien escasos. Y entonces ¿qué hacer?, ¿no tomar medidas?, ¿esperar una varita mágica que venga a solucionar nuestros problemas?.

Y esto por no hablar del enorme retraso con que se hace el intento y del el error añadido de no intentar por todos los medios implicar a la oposición en el mismo. Supongo que el gobierno teme (y confieso que yo también) que la oposición se niegue a participar, mantenga una actitud oportunista y lo fíe todo al desgaste del gobierno para suplantarle en el poder. Estaría en su debe y los ciudadanos podrían tomar nota. En el debe del gobierno está el no haberlo intentado antes y el no intentarlo ahora. También los ciudadanos pueden tomar nota.

En fin, para no terminar abandonado al pesimismo y la melancolía, quiero expresar mi deseo más ferviente de que el intento termine por salir bien en contra de mis temores. Brindo por ello.

Buenos días y hasta la próxima



viernes, 5 de febrero de 2010

El valor político de la humildad y la autocrítica

Mientras echaba una ojeada a la prensa diaria, he leído y me han llamado mucho la atención algunas afirmaciones de Barack Obama en el llamado Desayuno de Oración, celebrado ayer en la capital de los Estados Unidos con la presencia de Rodríguez Zapatero. Y lo han hecho de una manera muy positiva porque expresan, al menos formalmente, una actitud humilde y autocrítica de la que no estaría mal que tomaran buena nota otros políticos,incluido nuestro presidente. Porque, si la humildad y la autocrítica son claves para que cualquier persona pueda mejorar su manera de ser y de actuar en la vida, resultan especialmente necesarias para quienes, en el ejercicio del poder, suelen estar rodeados de corifeos y halagadores que acaban por hacerles perder el sentido de la realidad, y por hacerles creerse los mejores, los más sabios y los más expertos en cualquier materia. No hay más que recordar, aunque sea en una versión libre, las palabras de Leire Pajín para referirse a la coincidencia de la presidencia de Obama en Estados Unidos con la presidencia de Zapatero en la Unión Europea: nada menos que “el resultado de una maravillosa conjunción planetaria”.

Dice Obama que siente que “algo está en quiebra en Washington” porque “los que estamos en Washington no estamos sirviendo al pueblo como se merece”. Lo leo y trato de recordar si alguna vez he oído a nuestros políticos hacer un reconocimiento semejante. Pero no lo consigo. Y sin embargo me vienen a la mente un montón de ocasiones en que, incluso contra toda evidencia, alardean de hacer las cosas bien. Creo sinceramente que, en su fuero interno, saben y reconocen sus equivocaciones, pero entienden que el reconocimiento público de las mismas les debilitaría ante la opinión y, en un ataque continuado de estúpido endiosamiento, son incapaces de aceptar una realidad tan humana como el error (errare humanum est), de pedir disculpas por él y de rectificar en lo que proceda.

A la vista de los comportamientos que podemos observar en la vida política, caracterizada por una lucha encarnizada de nuestros partidos políticos por el poder, parece que unos y otros pensaran que de sacar a la luz sus miserias ya se ocupan suficientemente los partidos rivales (el enemigo) como para, “motu propio”, hacer aflorar otras, aunque sea con la finalidad de disculparse por ellas y de rectificar. Se trata de una manifestación más de la escasísima capacidad para entender algo tan simple como que unos y otros han de estar al servicio del bien común de la ciudadanía. Se trata asimismo de una insoportable tendencia desde el poder (“puesto que todo lo hacemos bien”) a no dar acogida a propuestas interesantes de la oposición, una tendencia sólo comparable con la incapacidad de la oposición para aplaudir y apoyar iniciativas y propuestas del gobierno (“que todo lo hace mal”) susceptibles de ser apoyadas o, cundo menos, negociadas y matizadas.

El propio Obama reconoce esta tendencia de los partidos. Y se lamenta por ello cuando dice que, “a veces parece que somos incapaces de tener un debate serio y civil”. También se lamenta de que en la actualidad estamos asistiendo a una “erosión del civismo”. Apreciación que a mí me parece bastante atinada, aunque no estaría de más un análisis profundo de las posibles causas de esta erosión. Probablemente tropezaríamos con el mal ejemplo que percibimos en los profesionales de la política, en su incapacidad para dialogar civilizadamente y para llegar a acuerdos razonables en aras del bien común. Probablemente también nos daríamos de bruces con las abundantes corruptelas protagonizadas por quienes han recibido de los ciudadanos la confianza para ocuparse de los asuntos públicos. No hace falta irse muy lejos en el tiempo para recordar abundantes casos en nuestro país. Aunque no parece que tengamos la exclusiva. Recientemente los tribunales ingleses han dictado sentencia y obligado a parlamentarios de todos los partidos a devolver importantes cantidades de dinero que, de manera indecente e ilegal, habían cargado al presupuesto del parlamento.

Triste pero cierto. Muchos de los comportamientos que observamos y criticamos, entre la rabia y la tristeza, a nuestros políticos, tienen su propia versión en otros países. Pero mal de muchos ….. tanto peor. Claro que al menos el presidente de los Estados Unidos intenta rectificar y los diputados ingleses van a devolver religiosamente el dinero público destinado a fines privados de su exclusivo interés. Algo es algo. Ya me gustaría que, puesto que somos parecidos en el error, nos parezcamos también en la capacidad para reconocerlo y rectificar.

Es todo por hoy. Buenas tardes y hasta la próxima.

jueves, 4 de febrero de 2010

Entre la zozobra y la esperanza ante la crisis

Una de las cosas que aprendí de niño, en el ámbito familiar, es que hay que procurar no gastar lo que no se tiene. Una filosofía que, desde la precariedad de una economía doméstica basada en una pequeña explotación agrícola -sometida siempre a los vaivenes de la evolución de las cosechas- se intentaba llevar a la práctica de la forma más rigurosa posible. Por eso, cuando una mala cosecha volatilizaba una parte sustancial de los ingreso previstos, todos los miembros de la familia eramos conscientes de que se avecinaba una reducción también sustancial de los gastos, empezando por los superfluos -muy escasos- y siguiendo por otros que no lo eran tanto. Aprendí enseguida que, en tal situación, tendría que conformarme sin un juguete con el que soñaba. También aprendí que, en años como ese, sólo podría renovar mi vestuario aceptando, de mejor o peor grado, heredar los pantalones o el abrigo que se le habían quedado cortos a un hermano mayor. El presupuesto familiar debía de ajustarse a las exigencias del momento. Como mucho se asumía aplazar el pago en la compra de un bien necesario, aunque para poder hacerlo era preciso haberse ganado antes la confianza de un comerciante conocido que asumía el riesgo del aplazamiento. Lo que se intentaba por todos los medios, hasta donde la situación lo permitía, era insistir en la necesidad de aprender, en aprovechar las oportunidades de formación, para intentar “labrarse un futuro mejor”.

Más tarde aprendí que un buen funcionamiento económico no demandaba una tan desmedida rigidez y que era posible un endeudamiento razonable para invertir en un negocio con buenas perspectivas o para anticipar el uso o el consumo de algunos productos de elevado costo (una casa, unos electrodomésticos, un coche, etc.) Eso sí, siempre que se hiciera de forma prudente, contando con las garantías que te pudiera proporcionar la propia situación patrimonial o laboral. También aprendí que no era bueno crearse nuevas “necesidades” que pudieran tirar de los gastos por encima de los posibles ingresos. En realidad se trata de unos aprendizajes sencillos, casi triviales, que desafortunadamente parecen no haber hecho nuestros políticos.

Digo esto porque no quisieron o no fueron capaces de aplicar esta sencilla pero práctica filosofía en los momentos de bonanza, ni parecen querer o ser capaces de hacerlo tampoco en el marco de la crisis que ahora padecemos. Cuando en el pasado todo parecía marchar sobre ruedas, unos ejercicios con superavits podrían haber permitido aplicar los resultados a financiar la reestructuración de una economía demasiado polarizada en la construcción, a diversificar dependencias y a dedicar mayor énfasis y dotaciones para investigación, desarrollo e innovación. No fue así, sino todo lo contrario. Soberbiamente encaramados en la posición de nuevos ricos, y dispuestos a comprar el afecto y la complacencia inmediatos de unos y otros, nuestros gobernantes, no han tenido reparo en aumentar y consolidar gastos corrientes, en incrementar el número de funcionarios y cargos de confianza bien pagados y no siempre justificados, en complacer y amansar con generosas dádivas a unos sindicatos paniuaguados con más liberados que afiliados, a financiar sin el control exigible a ONGs de dudosa utilidad social, a ganarse apoyos electorales entre artistas, reales o presuntos, mediante generosas subvenciones y prebendas. Eso por no hablar de la suntuosidad de los viajes y desplazamientos de nuestros “políticos-pavo real”, a menudo sin una utilidad práctica que los justifique (coches oficiales de lujo, hoteles de cinco estrellas, dietas escandalosas), etc., etc..

Hoy, cuando la disminución sustancial de los ingresos fiscales, unida al aumento acelerado de los gastos sociales, han llevado al país a un déficit de más del 11 por ciento, y cuando hemos llegado a una cifra de más de cuatro millones de parados, no parece que nuestro gobierno tenga claro que ahí tiene uno de los nichos en los que puede encontrar campo para una sustanciosa reducción de los gastos y, consecuentemente, del déficit. En lugar de tomar el toro por los cuernos y asumir la cuota de sacrificio necesaria y el coste político anejo, opta por compensar su inacción acudiendo a aumentar el déficit y la deuda. Da lugar con ello a un efecto indeseado: la disminución de la confianza en la economía española de los posibles prestamistas, encareciendo las primas de riesgo y agrandando los intereses y la duración de la hipoteca que habremos de pagar inexorablemente todos nosotros.

Si se quiere evitar que así sea es preciso tener el coraje de tomar esas medidas de ahorro a corto plazo y destinar lo ahorrado por esa vía al estímulo de la economía productiva y a la generación de empleo. Y, si hay que endeudarse, hágase para generar trabajo y riqueza; y de paso también aumentar el consumo y la recaudación fiscal derivada. Sólo así es asumible la ampliación temporal de la deuda. Lo contrario sólo conduce al desastre.

Curiosamente un gobierno como el actual, que primero negó sistemáticamente la crisis y que ha seguido empeñándose luego en menospreciar su posible impacto sobre nuestro país, se encuentra ahora agobiado por los malos augurios y las llamadas de atención de los organismos internacionales, que amenazan con acentuar la desconfianza en nuestra economía. Y tiene razones para ello. Acabo de echar una ojeada a la marcha de la bolsa en la sesión de hoy y, cuando son las seis de la tarde, compruebo que ha bajado casi un 6% en la jornada; un extraordinario batacazo, y un claro síntoma de desconfianza. Seguramente también una manifestación más de la egoísta insolidaridad de los inversores.

Así las cosas parece que, por fin, y ante los requerimientos de la Unión Europea, nuestros gobernantes han entendido que no les queda más remedio que intentar levantar el ala, sacar la cabeza de debajo, y proponer un plan de estabilización de la economía orientado a reducir el déficit y el endeudamiento y a poner nuestra economía en situación de abordar una previsiblemente lenta salida de la crisis. Curiosamente un gobierno como el actual, tan cortoplacista él, y a la vez tan autoproclamado defensor de los derechos sociales de los débiles, pone ahora el acento en dos medidas poco sociales, orientadas a la reducción del déficit a medio plazo con base en una actuación restrictiva sobre las jubilaciones y las pensiones: retrasar de forma progresiva la edad de jubilación en dos años y contabilizar 25 años en lugar de los 15 últimos para determinar la cuantía de las pensiones. No voy a entrar a valorar ahora hasta que punto estas propuestas -que unos miembros del gobierno hacen, otros matizan y otros niegan en un ejercicio lamentable de descoordinación- afectarán a los pensionistas en un futuro más o menos próximo. Estoy convencido de que se trata de un problema que habrá que abordar, aunque también lo estoy de que no es “el problema”. Lo sería si no hubiera un enorme ejército de desempleados esperando encontrar un puesto de trabajo; pero mientras padezcamos los niveles de desempleo actuales ¿qué ventajas se derivan para los desempleados del hecho de que se prolongue la edad de jubilación de los que tienen trabajo? ¿No resulta además incongruente con el despilfarro de dinero público que ha supuesto en un pasado bien reciente la política de acuerdos con grandes empresas para facilitar la jubilación anticipada de trabajadores de menos de 55 años?.

No quiero ser pesimista, entre otras cosas por ser fiel a una práctica que normalmente me ha ido bien en la vida. No hay que ser demasiado optimista en los momentos buenos (te podría hacer tomar decisiones demasiado alegres y arriesgadas), ni demasiado pesimista en los malos (te podría hacer caer en la melancolía y paralizar las actuaciones necesarias para superarlos). Sigo pues, pese a todo, teniendo fe en que mejores tiempos son posibles. Pero para que así sea necesitamos que nuestros gobernantes, que parecen haber perdido por fin sus alas de pavo real, dejen ahora de parecer boxeadores sonados y se fajen en la adopción de las medidas necesarias, incluso si algunas pueden ser poco populares y generar resistencias. Que lo hagan ya, que las expliquen y que pidan a todos los ciudadanos la colaboración y los sacrificios necesarios, a cada uno según sus posibilidades. Si no son capaces de hacerlo, que lo digan y que dejen hacer a otros. De lo contrario todos saldremos perjudicados.

Y digo yo, volviendo al punto de partida y aun a riesgo de simplificar un poco, que no estaría de más que, sean quienes sean, tengan presentes algunas de las lecciones básicas que muchos aprendimos de la economía doméstica.

Es todo por hoy. Desde una razonable preocupación por el futuro, buenas tardes y hasta la próxima.







martes, 2 de febrero de 2010

El principio de realidad como clave para un sueño

Las reciente publicación de algunos datos preocupantes sobre la situación de la economía española (paro por encima del 20% de la población activa y déficit público superior al 10%), junto con la consiguiente desconfianza manifestada en Davos sobre la fiabilidad de la misma, ha conseguido, al parecer, despertar a nuestro presidente del ensueño fantástico de seguir pertenenciendo a la “Champion`s Ligue” de la economía (Zapatero dixit). El humo que cegaba sus ojos en los albores de la crisis y que le inspiraba fantasías y eufemismos negacionistas o disfraces de desaceleración, ni siquiera se diluyó por completo ante el vendaval de la crisis financiera y de la paralización del sector hipertrofiado de la construcción. Han tenido que cerrar miles y miles de empresas y aprobarse otros tantos expedientes de regulación de empleo, -con el consiente aumento del paro y de los gastos sociales y la reducción paralela de los ingresos fiscales- para que, por fin, nuestros gobernantes tomen conciencia de que semejante deterioro, de prolongarse en el tiempo, conduce inevitablemente al desastre.

La situación exigía y exige de nuestros políticos (desde luego del gobierno, pero también de la oposición, en la parte que le toca) una actitud y un comportamiento infinitamente más serio, más realista y responsable del que desafortunadamente han venido adoptando. El gobierno de turno debería haber sido mucho más riguroso, humilde y sincero en el diagnóstico. Reconocer desde el principio la crisis hubiera sido el primer paso necesario para, a partir de ahí, tomar algunas medidas tempranas de emergencia y diseñar un plan estratégico a medio plazo para enfrentarse al problema. No se hizo. Al contrario, después de negarla por activa y por pasiva, después de tachar de antipatriotas a quienes osaban mentar a la bicha, cuando los datos hicieron innegable la crisis, se buscó el analgésico de afirmar que nuestro país estaba mejor preparado que otros para hacer frente a la situación. Veníamos de unos años de superavit en las cuentas del estado y nuestros gobernantes no quisieron o no supieron reconocer y tener en cuenta la fragilidad de las bases que sustentaban el modelo. Y así, en lugar de poner el acento en la adopción de medidas tempranas orientadas a contener el gasto y mejorar la estructura productiva, se optó por seguir aumentando y consolidando irresponsablemente los gastos corrientes a la par que se incrementaban los gastos sociales como consecuencia de la crisis. Es como si se presumiera que, por una inercia mágica, todo fuera a volver a su cauce de forma espontánea. Pero las cosas no funcionan así y de los errores y empecinamientos del pasado se deriva la agudización de los problemas del presente.

Caído del caballo en la cumbre de Davos, ante la constatación de la desconfianza y los malos augurios para la economía española percibidos en las interpelaciones de esa cumbre, nuestro presidente se ve en la necesidad de enfrentarse, por fin, con la urgencia de tomar medidas severas para la contención del gasto y la recuperación de la confianza; algo que hubiera sido menos complicado si se hubiera planteado al comienzo de la crisis, antes de que los gastos sociales se hubieran disparado como lo han hecho en estos últimos tiempos.

Claro que nuestros gobernantes, preocupados sobre todo por la obtención y conservación del poder, se han mostrado siempre más preocupados de granjearse demagógicamente la simpatía y el voto de los ciudadanos diciéndoles siempre de forma irresponsable lo que quieren oir, que de hacer frente al marrón de dar malas noticias, de reconocer que las cosas en un momento dado no van bien, y de pedir a los ciudadanos que arrimen el hombro para llevar adelante un plan coherente con objeto mejorarlas. Para hacerlo así desde el poder es preciso ante todo ser sinceros con los ciudadanos, darles, cuando sea preciso, las malas noticias, ofrecerles planes creíbles para salirles al paso y pedirles su aportación y su sacrificio, si es necesario. La credibilidad no se gana con mentiras piadosas o con medias verdades, sino con la veracidad en la información y con la solvencia, el rigor y la honestidad en el ejercicio. Lo demás es puro camelo y, más tarde o más temprano, termina por quedar en evidencia.

No quiero terminar esta reflexión sin dedicarle también un párrafo al principal partido de la oposición cuya actitud de denuncia de la lentitud, la inoperancia o las inconsistencias del gobierno en la forma de proceder ante la crisis, produce a menudo la sensación de que se comtempla ésta más como un pretexto para reemplazar en el poder al partido en el gobierno que como un problema colectivo que es preciso intentar resolver cuanto antes y del modo mejor posible, incluso si para ello es preciso sacrificar intereses de partido y pactar con el gobierno en beneficio de la ciudadanía. Lamentablemente no tengo ninguna confianza en que esto llegue a producirse, entre otras cosas porque el PP no parece desearlo (la crisis podría llevarle al gobierno) y porque tampoco parece que el partido en el gobierno esté dispuesto a pedir humildemente ayuda y menos a hacer las inevitables transacciones que exige cualquier pacto. Ya dijo el presidente que la ideología le impedía llegar a acuerdos con el PP.

No sé, pero tal vez mereciera la pena que el dios de la ideología no le impidiera a nuestro presidente pensar en los trabajadores, socialistas o no, que se quedarán sin empleo si él no tiene en cuenta el principio de realidad. Tal vez los unos y los otros deberían mostrar una mejor disposición al acuerdo y al pacto para intentar alimentar, desde el principio de realidad, la esperanza de muchos ciudadanos de que el sueño en un futuro mejor no sea sólo eso, un sueño.

Brindo por eso. Buenas tardes y hasta la próxima.

jueves, 28 de enero de 2010

¿“Subida” de las pensiones o cuadratura del círculo?

Quiero empezar por decir que no soy un quejica. Me siento razonablemente satisfecho de vivir como he vivido en mi larga etapa laboral. Afortunadamente en la actualidad soy perceptor de una pensión que me permite vivir con comodidad y disfrutar de una libertad impagable. Por fortuna no me he creado grandes necesidades y no tengo envidia de quienes sí lo han hecho, incluso si han terminado por satisfacerlas. Seguramente seguirán creándose otras que no satisfarán. Aunque tal vez añadiría algún pequeño matiz, estoy básicamente de acuerdo con la idea de que la clave de la felicidad no está en tener muchas cosas, sino en no desear demasiadas. Eso sí, sin dejar que esta filosofía se convierta en germen de una actitud indolente y perezosa ante la vida.


Esta disposición de ánimo y mi situación de pensionista relativamente privilegiado me impidió analizar con detalle una comunicación que hace unos días me envió la Secretaría de Estado de la Seguridad Social, en la que se me informaba de la “revalorización” de mi pensión para el año en curso. Como ya sabía por los medios de comunicación que la subida sería del uno por cien ni siquiera presté atención a verificar en cuánto iba a mejorar mi economía. Sabía que serían solamente unos “eurillos”, así que para qué hacer cuentas.

Unos días más tarde, la lectura de un comentario de prensa sobre la “subida” de las pensiones, en el que se daba cuenta de que, en la práctica, los pensionistas cobrarían este año menos que el pasado, me indujo a verificar si se trataba de algo más que una especulación maliciosa para criticar al gobierno. Pues no. De los datos de la citada comunicación, contrastados con los del pasado año, se desprendía que mi percepción para el año en curso sería inferior en 3,8 euros al mes. Una disminución, por cierto, nada relevante y que, dado el bajo índice de inflación del pasado año, no va a deteriorar demasiado mi capacidad adquisitiva.

Dada mi situación relativamente privilegiada no voy a quejarme por este ligerísimo deterioro de mi situación económica personal. Ya digo que no soy un quejica. Lo que no es de recibo, ni siquiera en el plano formal, es que en una comunicación oficial se informe a los pensionistas de la subida de sus pensiones, diciéndoles en la misma que van a cobrar al mes una cantidad que resulta objetivamente inferior a la que cobraban el año anterior. Es la cuadratura del círculo. Una cuadratura que, por lo que se ve, han sido capaces de descubrir nuestros gobernantes. ¿Será un efecto más del optimismo antropológico de nuestro presidente?.

Claro que ese optimismo no les sirve de nada a los muchos pensionistas que, en la sección de cartas al director de distintos periódicos, expresan hoy su perplejidad ante el hecho. Algunos de ellos perciben pensiones relativamente modestas y cualquier disminución de sus percepciones, por pequeña que esta sea, tiene un efecto de deterioro de mayor nivel, especialmente si consideramos que los precios de algunos productos básicos de la cesta de la compra han crecido bastante más que la inflación general. Y eso afecta sobremanera a la economía de las familias con menos ingresos.

Analizado en detalle el hecho parece que tiene su explicación en un aumento de las retenciones, asociada a la eliminación de los 400 euros de deducción que nuestros gobernantes introdujeron, de manera “generosa” y “desinteresada” en precampaña electoral y que ahora, una vez “cumplido el objetivo” se retiran a todo el mundo, sean cuales sean sus ingresos.

Por ello, desde una actitud comprensiva en lo personal, y asumiendo también que en época de vacas flacas cada ciudadano debe aportar su parte alicuota de responsabilidad y sacrificio, no me quejaré por el hecho de que personalmente voy a cobrar unos “eurillos” de menos. Pero sí me quejo de que lo hagan otros con menos ingresos y que, para mas “inri” tengan que soportar que se les haga comulgar con ruedas de molino y se les anuncie en una rocambolesca comunicación que se van a subir las pensiones, pero que van a cobrar al mes menos que el año anterior. Lo dicho, la cuadratura del círculo, descubierta y adornada literariamente por unos expertos manipuladores del lenguaje.

Junto con mi cabreo, un saludo y hasta la próxima.

miércoles, 27 de enero de 2010

Realismo y compromiso frente a la crisis

Como cada día, también esta mañana me ha despertado la radio. Y lo ha hecho la cadena SER en la voz, no identificada por mí, de uno de los participantes en la tertulia de las ocho. Se lamentaba éste de lo mal que nos trata el FMI en sus vaticinios pesimistas sobre la marcha de la economía española. Nada nuevo. Estamos acostumbrados a las quejas y desmentidos de distintos miembros del gobierno, o de sus apoyos, cada vez que cualquier organismo hace un análisis crítico o un pronóstico poco favorable sobre la evolución económica de nuestro país. Ya lo venimos viendo desde que pronosticaban la crisis y nuestro gobierno la negaba de manera sistemática. De manera también sistemática los hechos venían a confirmar los pronósticos sin que nuestros gobernantes se ruborizaran. Pero para eso están las hemerotecas. Y, para comparar, los datos incontestables de la crisis que vivimos.

Ahora, cuando las economías de algunos países como China o la India han empezado a crecer a un ritmo acelerado, cuando algunos países de nuestro entorno han cerrado su etapa recesiva y los expertos del FMI pronostican un crecimiento suave para ellos en 2010, resulta que afirman de paso que España seguirá en recesión. Algo muy grave, porque significa que el paro seguirá creciendo en un país en el que alcanza ya el 20 por ciento. Y lo que es peor: el gasto público seguirá aumentando, y con él el endeudamiento, en un país que ya está seriamente endeudado. No es de extrañar que, desde el foro económico mundial de Davos, actualmente reunido, Nouriel Roubini, considerado uno de los gurús mas reputados del Foro, que predijo en su día la crisis financiera, haya afirmado que la marcha de la economía española se ha convertido para la eurozona en un peligro potencial mayor que el que está suponiendo ya la marcha de la economía griega. Mientras tanto, hoy un ministro y mañana otro, siguen hablándonos de “brotes verdes” y de signos de esperanza. Y lo podemos entender, aunque sólo sea como un intento bienintencionado de recuperar la confianza de los ciudadanos y de evitar un desánimo que pudiera resultar paralizante.

Lo que no podemos entender es esa especie de indolencia, esa aparente incapacidad para coger el toro por los cuernos y afrontar la crisis sin demagogias, sin andar diciendo sistemáticamente a la gente lo que quiere oír, y tomando decisiones coherentes, incluso si son impopulares a corto plazo. Lo que no podemos entender es que, a estas alturas de la película nuestros gobernantes y la oposición en la parte que la toca, no hayan sido capaces de asumir el compromiso de llegar a acuerdos que sobrepasen los intereses de partido y remangarse juntos para hacer frente a una crisis que, lamentablemente, está poniendo en serio riesgo el futuro a corto y medio plazo de millones de personas.

Curiosamente el mismo “tertuliano” de referencia, haciendo un salto lógico de difícil explicación, y aprovechando que se ha extrenado o está a punto de hacerlo Invictus, una película que reivindica la figura de Mandela en la evolución de un estado racista a un estado de convivencia democrática multirracial, decía no entender el “maltrato” del FMI a un país como España cuya transición democrática, basada en mirar hacia adelante sin rencor, fue según algunos tertimonios relevantes, un modelo de referencia para el propio Mandela. Por cierto, que no veo el sentido de la relación que se pretende establecer entre una y otra cosa. Pero, puesto que el autor la utilizaba, y puesto que me ha servido a mí como pretexto para esta entrada, voy a permitirme decir algo al respecto, que sí tiene relación.

Lo mismo que ahora, en la época de la transición el país atravesaba una profunda crisis económica, con unos índices de inflación y de paro abrumadores. Había que hacer frente además a una cambio político difícil en medio de resistencias tremendas de sectores reaccionarios y de las lógicas exigencias de partidos y sindicatos ilegalizados y perseguidos por el franquismo. Y, por si fuera poco, había que hacerlo en un clima especialmente tensionado por la violencia terrorista de ETA y de los Grapos. ¿Por qué fue posible salir del atolladero? Entre otras cosas porque los gobernantes de la época, con Suárez a la cabeza (hay que reconocerle su indudable mérito) fueron capaces de trazar un plan y de fajarse para cumplirlo sin demagogia. Y también porque los partidos políticos y los sindicatos, encabezados por personajes de una talla política y de una capacidad para el diálogo y el acuerdo que hoy echamos de menos, fueron capaces de pactar política y económicamente (recordar los Pactos de la Moncloa) para , dejando de lado cada uno su programa de máximos, establecer un marco de acción compartido, a gestionar por el gobierno y a vigilar por los demás. Sólo así pudo hacerse la transición y sólo así pudo hacerse frente a la crisis económica.

Y sin embargo, ¿qué hacen hoy nuestros políticos en el poder o en la oposición que se parezca en algo a lo que fueron capaces de hacer nuestros políticos de aquellos días? Lamentablemente nada o casi nada. Ellos y todos los que se lo permitimos deben/debemos asumir la responsabilidad de lo que nos está ocurriendo. Demandémoselo, y demandemonoslo en la parte que nos toca, en lugar de buscar explicaciones en una imaginaria inquina de los organismos que dan cuenta de nuestra situación. Es posible que los pronósticos del FMI no se confirmen al 100 por cien, pero me temo que se aproximan más a la realidad que la visión a la defensiva de nuestro gobierno.

Y bien que lo siento. Buenas tardes y hasta la próxima.




miércoles, 6 de enero de 2010

Entre la nostalgia y la esperanza

Afortunadamente quedan todavía algunos veteranos políticos, como José Bono, que intentan poner un poco de sensatez y de cordura en el funcionamiento de nuestro sistema político; un sistema en el que predominan de una forma exagerada los intereses de partido por encima de los intereses generales. Esta circunstancia, de por sí deplorable, se ve agravada por un hecho que resulta particularmente deprimente: cada vez de manera más manifiesta la élite de nuestros políticos está reclutada entre aquellos cuyo mérito principal ha sido una militancia temprana y una fidelidad al grupo rayana con el servilismo. No puede ser de otra forma en unos partidos en que la discrepancia se considera una traición y convierte inevitablemente a los discrepantes en candidatos al ostracismo, cuando no a la expulsión. ¿Cómo no va a ser así si la posibilidad de medro político depende más de la mirada de los dirigentes del partido, que deciden unas listas electorales cerradas y bloqueadas, que de la consideración que a los ciudadanos les merezca la categoría personal y la actuación de cada candidato?. Se entiende así que los electos de cada partido estén más atentos a seguir religiosamente las instrucciones y las consignas de quienes los han puesto en sus listas, y de quienes depende que vuelvan a figurar en las mismas, que de estar atentos a defender los intereses genuinos de sus representados, cuando éstos no son del todo coincidentes con aquéllos.

Hace unos días, en una conversación de café con una juez de pensamiento progresista, coincidíamos los dos en sentir una cierta nostalgia por aquellos tiempos de la transición y por las primeras legislaturas de la democracia en las que nuestros políticos, o al menos una parte muy significativa de los mismos, eran personas que procedían de otros campos de actividad en los que se habían ganado reconocimiento y prestigio. Para ellos la dedicación a la política fue más un servicio que un recurso y, por ello, pudieron sentirse más libres, aun militando en partidos, para pensar por sí mismos, para disentir dentro del partido, para fraguar pactos con otros partidos y, en definitiva, para estar más atentos a las necesidades del momento y a las preocupaciones de los ciudadanos que a los intereses partidarios.

Ello fue así, a pesar de que entonces también las listas electorales eran como ahora cerradas y bloqueadas, porque los partidos no tenían apenas recorrido, porque los que habían sido militantes de algunos de ellos en la clandestinidad lo habían sido en circunstancias difíciles y asumiendo riesgos sin garantía de obtener prebendas. Ello fue así también porque los partidos emergentes necesitaban presentar candidatos con una trayectoria anterior que los hiciera reconocibles y fiables ante el electorado. Entonces necesitaban figuras de prestigio que los prestigiasen, que les dieran lustre, para intentar ganarse así la confianza de los ciudadanos. Hoy son los partidos, ya instalados en el poder, ya en la oposición, los que dan a conocer o no, promocionan o no, a sus posibles candidatos según el grado de adhesión a los líderes, la antigüedad y disciplina en la militancia y, a niveles más altos, la imagen mediática y la capacidad para la seducción de las masas. Tenemos como resultado que muchos de los líderes actuales de los partidos son personajes cuya única actividad profesional conocida es la de su militancia fiel al partido desde edades tempranas. Algunos de ellos tienen la política como única profesión reconocible y su dependencia de la fidelidad acrítica, casi fanática, al partido -no a los ciudadanos que lo eligen- es total. Así ha de ser si es que quieren medrar políticamente.

Por eso resulta refrescante que un veterano político, como José Bono, actual presidente del Congreso de los Diputados, se manifieste partidario de una reforma de la Ley Electoral “no para castigar a los nacionalistas o para beneficiar a los comunistas, sino para acercar a los electores y elegidos”. Precisamente para este fin afirma que “sería conveniente que las cúpulas de los partidos redujeran el poder que tienen en materia electoral”. Y lo justifica diciendo que “el día en que los políticos sepamos que nuestras actas dependen más de los electores que de las cúpulas de los partidos, habremos dado un paso importante para prestigiar la llamada clase política”.

Aunque Bono no llegue a concluirlo y se limite a hablar de un sistema que potencie distritos uninominales (en lo que quedaría de manifiesto el grado de reconocimiento de los ciudadanos a personas concretas), parece que la conclusión más lógica nos llevaría a la presentación de listas abiertas en las que se pudiera votar a personas concretas independientemente del partido que las proponga y del lugar de la lista en el que los partidos las coloquen. Ya se cuidarían así los partidos de ofrecernos candidatos que pudieran merecer la confianza y el reconocimiento de los electores. Pero claro, parece que esto no termina de gustar a los muchos políticos de medio pelo que pululan por nuestras instituciones y que contemplan en la dedicación política la mejor fuente a su alcance para el medro económico y social. Con este panorama ¿cómo extrañarnos de la proliferación de políticos corruptos?. ¿Cómo extrañarnos de que muchos se dediquen a enriquecerse personalmente utilizando sus cargos públicos en beneficio propio en lugar de considerarlos un servicio a la ciudadanía?.

No es seguro que un cambio en la legislación electoral vaya a librarnos de la existencia de políticos mediocres y corruptos, pero podría contribuir a disminuir su número y daría a los ciudadanos mejores oportunidades de mandarlos a su casa: con nombres y apellidos. No es que tenga mucha confianza en que así sea, pero estamos al comienzo de un nuevo año y no quiero ni refugiarme en la nostalgia ni poner límites estrechos a la esperanza.

Feliz año nuevo



jueves, 10 de diciembre de 2009

Bravo por Sarkozy y Brown

En un artículo firmado en común en 'The Wall Street Journal', los primeros ministros de Francia y el Reino Unido han manifestado que "sencillamente no es aceptable" que, cuando se producen las crisis, los contribuyentes sean los paganos mientras que cuando se recupera la economía se beneficien únicamente los accionistas y empleados de los bancos.

Los dos dirigentes han calificado de "prioritario" aplicar un impuesto extraordinario a las primas bancarias "dado que las primas correspondientes al año 2009 se han elevado gracias al apoyo gubernamental al sistema bancario". Afirman asimismo que se ha descubierto “que una red global enorme y opaca, basada en productos complejos, cálculos a corto plazo y remuneraciones con demasiada frecuencia excesivas, ha creado riesgos que muy poca gente entendía". Y proponen, en consecuencia, un cambio en la normativa europea para evitar estos desaguisados.

Actuando de forma coherente con estas ideas el Reino Unido acaba de dar un paso importante para poner coto a la desvergüenza con que los directivos de la banca se han asignado retribuciones escandalosas en forma de primas y bonos. Me refiero al recién aprobado impuesto conocido como “supertasa”, que grabará a los bancos con un 50% del dinero que destinen a primas de sus empleados.

Los dirigentes de los bancos ya han comenzado a poner el grito en el cielo, dando muestras una vez más de un comportamiento cínico, arrogante e insolidario. Después de incurrir en unas prácticas intolerables con las que obtenían primas escandalosas, mientras ponían en riesgo la economía mundial y de paso el empleo de millones de trabajadores; después de hacer endeudarse a los gobiernos para salir en su ayuda y evitar el colapso general, encantados de haberse conocido, pretenden seguir premiándose a sí mismos de forma descarada y sin control, como si aquí no hubiera ocurrido nada.

Por eso no puedo menos que alegrarme de que dos primeros ministros de distinto signo político como Brown y Sarkozy sean capaces de ponerse de acuerdo para intentar poner coto a estos vampiros de cuello blanco. Bravo por ellos.

Buenos días y hasta la próxima.



lunes, 7 de diciembre de 2009

Políticos cesantes y el undécimo mandamiento

Aznar, Arzallus, Ibarretxe. Tres personas distintas y una misma transgresión verdadera. Me refiero a la transgresión del considerado por muchos el undécimo mandamiento, el que prescribe “no molestar”; un mandamiento de aplicación preferente a quienes, habiendo detentado un cargo importante, terminan su ejercicio y han de buscar acomodo al margen de su anterior reducto de poder. No alcanzo a imaginarme las razones, pero a algunos se les hace extremadamente difícil asumir que su tiempo ya pasó.

A nadie sorprende ya la irrefrenable tendencia del expresidente Aznar a impartir doctrina sobre lo que es bueno o malo para España o sobre los posibles defectos de gestión de sus sucesores en el gobierno o en su partido. Lo hace a menudo, con voz engolada, desde su particular tribuna de Faes, o con un pretencioso y afectado inglés (no sé si de Texas o de Quintanilla de Onésimo) en bien remuneradas conferencias en alguna universidad americana. No voy a negarle, ni a él ni a nadie, su derecho a expresar libremente sus opiniones -faltaría más-, pero no estaría mal que, por respeto con sus sucesores en el gobierno y en el partido, intentara mantener un tono prudente, que les facilitara el ejercicio desde su particular manera de entenderlo. Asumiría así con dignidad que su tiempo ya pasó y que sus sucesores están ahí porque quien tenía la posibilidad de decidirlo así lo ha querido.

A nadie sorprende tampoco la incontenible tendencia de Xabier Arzallus a torpedear a sus sucesores en la dirección del PNV. Lo hizo de manera insolente y airada con su relevo inmediato, Josu Jon Imaz, representate de una línea del partido abierta al entendimiento con los partidos de ámbito estatal, a quien, con la inestimable colaboración de su fiel escudero Egibar. ni por un momento dejó de poner palos en la rueda. Pero es que tampoco se lo pone fácil al actual presidente del PNV, Iñigo Urkullu, a pesar del afán de éste por adoptar posturas tendentes a la conciliación entre las diferentes sensibilidades del partido. Arzallus, como Aznar, son, en mi opinión, una buena muestra de falta de elegancia y deportividad . Son también unos habituales transgresores de este peculiar undécimo mandamiento.

Por si esto fuera poco reaparece ahora con ímpetu, en la escena política vasca, el exlehendakari Ibarretxe. A pesar de sus manifestaciones posteriores a la elecciones en las que parecía aceptar el final de su tiempo político, su reciente aparición en una conferencia insistiendo en la idea central de su última legislatura como lehendakari (el derecho a decidir) y en la idea de que ningún partido que no sea el PNV puede ostentar el liderazgo del pueblo vasco, permite sospechar que la cosa no está tan clara y que se puede convertir, si no lo es ya, en un transgresor cualificado del citado mandamiento. Y en este caso me voy a permitir sugerir alguna posible razón que podrían avalar lo que no deja de ser un poco más que una intuición.

Como me gusta tener información de primera mano sobre el pensamiento y las propuestas de diferentes protagonistas de nuestra vida política, y como además dispongo de tiempo suficiente para hacerlo, suelo seguir algunos blogs, y entre otros lo hago asiduamente con el de I.Urkullu. Pues bien, después de leer en él el contenido de una entrada en la que el autor hacía una interesante propuesta para la estabilidad institucional para la legislatura, hice yo una entrada en el mío en la que la comentaba en términos elogiosos (ver la entrada del 11 de Julio de 2009, titulada “Sobre la propuesta de estabilidad del PNV”: http://pacogomez45.blogspot.com/2009/07/proposito-de-la-propuesta-de.html ). No conforme con eso tuve la ocurrencia, no sé si feliz, de incluir lo fundamental de esta entrada en el blog de Urkullu como comentario a la suya. Para ser honesto no quise excluir una referencia crítica del original a los planteamientos intransigentemente soberanistas de Ibarretxe que, en mi opinión, habían hecho imposible un gobierno de coalicción o un pacto de legislatura de carácter trasversal entre el PNV y el PSOE. Los comentarios posteriores del blog, muchos de ellos bastante agresivos con el mío a propósito de esta referencia, me permitieron comprobar la adhesión incondicional, casi religiosa, que muchos militantes o simpatizantes del PNV tienen para con Ibarretxe. Así son las cosas y así hay que reconocerlas. Por eso entiendo la posible tentación de volver al protagonismo. Por eso entiendo también que su reaparición en el escenario político, junto con la presencia de Egibar y la actuación subterránea de Arzallus, pueden hacer más difícil cualquier intento de la dirección actual del PNV por propiciar el diálogo entre partidos nacionalistas y no nacionalistas, por buscar acuerdos de carácter trasversal y, como consecuencia, por desdramatizar la vida política vasca. Por eso mismo pienso que, como Aznar y como Arzallus, también Ibarretxe debiera recordar y cumplir el undécimo mandamiento: no molestar.

Feliz semana




jueves, 3 de diciembre de 2009

Por el respeto a la Constitución

Afortunadamente tenemos el privilegio, que no es universal, de vivir en un país con una constitución democrática. Quienes hemos vivido una parte no pequeña de nuestra vida los años de la dictadura sabemos, o deberíamos saber y tener bien presente en la memoria, el valor de un hecho como éste, incluso si pensáramos que la constitución actual no es la mejor de las posibles y que no es capaz de satisfacer al cien por cien nuestras aspiraciones. Entre otras cosas porque las aspiraciones individuales y de grupo de todos los ciudadanos no son idénticas y no siempre resulta posible conciliarlas. Precisamente por eso cualquier constitución democrática, incluída la española, prevé los mecanismos que podrían conducir a su modificación si se diera un consenso suficiente al respecto. Y, precisamente por eso, aunque no se pueda pretender que todo el mundo la ame apasionadamente, sí que es exigible que se le reconozcan sus méritos, se la acate, se la respete y se la defienda contra cualquier intento de pasarla por encima.

Viene esto a cuento de que, estando como estamos a tres días de la celebración del día de la constitución, uno no deja de sentir cierta perplejidad ante las manifestaciones de algunos de nuestros políticos que, en mi opinión, son expresivas no ya de una falta de entusiasmo por ésta constitución -que eso no es exigible-, sino de una falta del respeto y del acatamiento debido a una norma básica que reconoce y defiende nuestros derechos fundamentales y que estructura y regula la convivencia entre ciudadanos y las relaciones interterritoriales. Aceptando como aceptamos que puede mejorarse, el respeto y el acatamiento no están para nada reñidos con la aspiración a que pueda mejorarse en el futuro.

Para ser más concreto voy a referirme a las manifestaciones, que aparecen en la prensa de hoy, de dos políticos bien distintos: uno es el presidente del PNV de Álava, Iñaki Gerenabarrena, y otro el presidente del gobierno Rodríguez Zapatero. Al criticar la prevista presencia de Patxi López, actual lehendakari del gobierno vasco, en los actos de celebración del día de la constitución, dice Iñaki Gerenabarrena que “se equivoca de arriba a abajo al festejar una constitución en la que la mayoría de los vascos no se siente cómoda”. Y añade que “va a hacer un gesto político en contra de la opinión de la mayoría social y política de este país” (el País Vasco se entiende). Unas manifestaciones que responden bastante bien a una tendencia desmedida -muy común por otro lado en nuestra sociedad- a realizar afirmaciones categóricas con base en los sentimientos y deseos personales más que en datos objetivos. Porque ¿con qué fundamento objetivo puede afirmar que el presidente de un gobierno, que lo es en función de la relación de fuerzas salida de las urnas, hace un gesto político en contra de la opinión de la mayoría social y política? ¿Con qué parámetros, al margen de los resultados de las urnas, puede medirse mejor lo que son mayorías sociales y políticas? Por la misma regla de tres debería Gerenabarrena asumir también que cuando su partido, estando en el poder, se ausentaba de las celebraciones, hacía también un gesto en contra de la mayoría social. Y sin embargo creo que su actuación era legítima, tan legítima como la del lehendakari actual. Legítima sí, pero probablemente poco cortés y seguramente un tanto injusta , sobre todo si tenemos en cuenta que de la constitución actual surgió el desarrollo de la autonomía vasca que ha permitido al PNV encabezar el gobierno durante las tres últimas décadas.

La otra manifestación a la que aludía más arriba le pertenece al presidente del gobierno español, Rodríguez Zapatero, que respondiendo a una pregunta en el Parlamento expresó ayer su deseo de que el pronunciamiento del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto Catalán confirme la constitucionalidad del mismo. Humanamente entiendo su deseo, teniendo en cuenta su arriesgado compromiso de partida de dar por bueno sin más lo que saliera del Parlamento de Cataluña, pero debe entender que la manifestación pública de su deseo tiene visos de ser una presión más, de las muchas que se vienen ejerciendo sobre un tribunal que no está para complacer deseos de parte, sino para juzgar de la constitucionalidad o no de un texto legal como es el Estatuto. Por eso lo políticamente correcto -y él es hoy el político español de más rango- es que desee que el Tribunal Constitucional resuelva de la forma más escrupulosa y neutral posible sobre el texto en cuestión. Eso es honrar y respetar la constitución. Una condición necesaria para exigir a todos los demás, de él para abajo, que la respeten también. Y dicho esto, quiero dejar constancia de que sería bueno que el Estatuto fuera declarado constitucional, si es que efectivamente lo es, pero no porque se estén produciendo presiones tremendas al tribunal desde diferentes ángulos.

Buenos días y hasta la próxima


martes, 17 de noviembre de 2009

Por la cuasi-utopía de una sociedad vasca en convivencia respetuosa

A la vista de la aparición recurrente de actitudes y comportamientos que enrarecen y hacen difícil una sana convivencia entre personas y grupos que, en el País Vasco, conciben y siente de manera muy diferente su propia vasquidad, me viene a la memoria algunas cosas que escribía yo hace unos años, en tanto que profesor de Didáctica de las Ciencias Sociales en una Escuela de Magisterio, como aportación al intento de renovación del Curriculum vasco para la educación obligatoria.

Una de las líneas conductoras de aquella reflexión era la idea de que uno de los objetivos básicos de la educación consiste en “aprender a vivir juntos”. A propósito de este gran objetivo decía lo siguiente:

Aprender a vivir juntos exige tomar conciencia cabal de la existencia de la diversidad: diversidad de sexos, razas, culturas y religiones; diversidad de ideas y de intereses, a menudo en conflicto; diversidad de situaciones económicas y de posibilidades de acceso a la educación y promoción; diversidad en condiciones sanitarias, etc. Profundizar en el análisis de esas desigualdades, en los conflictos que en conexión con ellas se plantean y en las posibles causas históricas o actuales que los generan o los enconan, comenzando por los grupos elementales de pertenencia, entra de lleno en el trabajo propio del área de Ciencias Sociales. Y también le es propio el ocuparse de facilitar a los alumnos el conocimiento de las estructuras organizativas y de las normas de las que los diferentes grupos se han ido dotando para atender a las necesidades e intereses comunes de muy diferentes tipos, dirimir intereses contrapuestos, prevenir posibles conflictos y regular y administrar los existentes.

Una tarea importante a realizar ... consiste en ayudar a los alumnos en su proceso de integración crítica y constructiva en una sociedad vasca de carácter plural y pluricultural, con un pasado histórico largo y complejo, que ha cristalizado en un presente no menos complejo. Una sociedad que, teniendo una raigambre cultural y lingüística propia, está organizada sin embargo en territorios históricos que forman parte de estados y comunidades históricas distintas. Una sociedad en la que, a las tensiones y conflictos propios de cualquier otra, se añaden algunas derivadas de sentimientos identitarios y de pertenencia diferentes entre sus habitantes. En este contexto las Ciencias Sociales deben ayudar a formar ciudadanos que, desde sus propias identidades y respetando las de los demás, sean capaces de solucionar pacífica y democráticamente los conflictos. Y así, a partir de lo mucho común, que sin duda existe, y del reconocimiento de la diversidad como riqueza común, construir un futuro compartido, con rasgos propios pero en relación con los otros, solidario con ellos y abierto al futuro.

Para que así sea hay mucho que trabajar también, desde las CC.SS., en el terreno de las actitudes necesarias para hacerlo posible. Su propia condición de ciencias peculiares, incapaces por un lado de generar certezas absolutas pero, por otro lado, exigentes en la búsqueda de mejores y más rigurosas interpretaciones, facilita el trabajo de dos actitudes fundamentales para la convivencia y para la solución de conflictos. Una muy importante es el antidogmatismo. Si descubrimos que las Ciencias Sociales no nos permiten alcanzar certezas ni verdades absolutas –aun siendo diligentes y rigurosos en la búsqueda-, el dogmatismo y el fanatismo de cualquier índole no tienen cabida. Se hace preciso ser humildes, reconocer que seguramente no estamos en posesión de la verdad, o al menos de toda la verdad. A partir de ahí estamos en mejor disposición para un diálogo constructivo. Pero, por otro lado, sabemos que las Ciencias Sociales pueden aportarnos mejores aproximaciones explicativas en función del rigor con que trabajemos y de la disposición a afinar los análisis en lugar de limitarnos a los trazos gruesos. De ahí la importancia de trabajar en el área la segunda actitud a la que nos referíamos: el rigor y el cultivo de los matices”

Otro de los grandes objetivos que se proponía consistía en “aprender a ser uno mismo” en un mundo diverso y plural. En relación con esta idea vuelvo a subrayar hoy lo que decía ayer: “También tienen las Ciencias Sociales interesantes aportaciones que hacer al servicio de la construcción de cada persona como ser único e irrepetible en relación con los otros. Porque, sin menosprecio del componente biológico, cada individuo va construyendo su personalidad, su modo de ser y de actuar en la relación con los demás, a partir de las influencias de los grupos de pertenencia y de las referencias culturales específicas de los mismos, pero también a partir de las cada vez más numerosas interacciones entre las diferentes culturas, tanto las que tienen lugar en cada ámbito territorial, cada vez más numerosas y complejas, como las que ocasionan los múltiples flujos de todo tipo que caracterizan a una sociedad cada vez más global e interactiva.

Desde esta perspectiva las Ciencias Sociales tienen, en el marco del curriculum vasco, como mínimo, un triple reto. En primer lugar el de ayudar a los alumnos a percibirse a sí mismos como seres individuales con una dignidad igual a la de cada una de las demás personas, sea cual sea su sexo, raza, color, cultura, condición social, etc., y como tales sujetos de derechos individuales inalienables. El segundo el de acompañarlos en el proceso de identificación de los rasgos que los definen como miembros de una sociedad vasca cultural y lingüísticamente plural, en que cada uno se siente más identificado con una o con otra de las lenguas y culturas en presencia, pero en el que se pretende, sin menoscabo de esa identificación afectiva, que cada miembro de la sociedad vasca valore y aprecie ambas como propias en tanto que parte de la riqueza cultural del propio país. Y en tercer lugar acompañarles en el proceso de identificación personal como ciudadanos del mundo que, desde la conciencia de su identidad personal única y la valoración de la propia cultura, sean capaces de preocuparse por conocer y sentirse solidarios con los demás pueblos, especialmente con los más desfavorecidos, víctimas con frecuencia de relaciones desiguales que es importante conocer”.

Con este punto de partida sobra decir que cada día me siento más incómodo, incluso más irritado, con los planteamientos de quienes, desde posiciones contrapuestas, o simplemente diferentes, se atrincheran en sus reductos ideológicos, o puramente afectivos, y pretenden construir una sociedad vasca a su imagen y semejanza, sin tener en cuenta o menospreciando, cuando no agrediendo, a quienes piensan y sienten de forma diferente. Desafortunadamente se observan, en el día a día, actitudes y comportamientos de parte y parte que no ayudan para nada la aceptación de que vivimos en un país plural en el que cada uno piensa como piensa y siente como siente y tiene el derecho a no ser agredido ni descalificado por ello, a ser respetado y a ser valorado. Eso sí, siempre que él mismo no agreda o descalifique a los otros, los respete y los valore como una parte igualmente importante de la sociedad de la que todos forman parte y entre todos deben construir en colaboración. No voy a entrar en detalles más o menos expresivos de un desencuentro fácil de ver para un observador atento. Me temo que cualquier ejemplo que trajera a colación sería interpretado como una ofensa por alguna de las partes. Hasta tal punto llegan las reticencias y la incapacidad para la autocrítica.

Así las cosas, ¿qué podemos hacer quienes creemos en la posibilidad de convivir pacífica y respetuosamente en la pluralidad?. Una de dos o seguimos insistiendo en una dura lucha contracorriente o nos refugiamos definitivamente en un nicho de melancolía. A estas alturas de la película, y ante estas opciones, uno tiene la tentación de la segunda, pero siente la obligación de seguir abogando por la casi-utopía de una sociedad vasca plural en la que prevalezca el respeto frente a la intolerancia.

Buenos días y hasta la próxima.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Si el señor Francisco levantara la cabeza …..

Justo unos meses antes de su muerte me confesó el señor Francisco que, aunque vivía feliz, pensaba que ya podía morirse tranquilo porque entendía cumplida una de las misiones en las que había comprometido su vida: sacar adelante una familia numerosa en el periodo difícil que media entre la década de los veinte y mediados de los setenta. Dicho con sus palabras: “tenía a todos sus hijos colocados”. O tal vez dijo “establecidos”, no lo recuerdo muy bien. El caso es que, poco tiempo antes, había cumplido con lo que consideraba su última obligación importante para con el más pequeño de sus siete hijos vivos: pagar su banquete de bodas. Y lo hizo con satisfacción y orgullo de padre a pesar de ser un hombre sin apenas patrimonio y de estar viviendo sus últimos años con una modestísima pensión. No me resulta para nada sorprendente. Respondía perfectamente a un sentido peculiar de la justicia según el cual lo que había hecho con los demás hijos no podía dejar de hacerlo con el último independientemente de su situación. Así lo pensaba y así lo hizo, por más que su hijo se empeñara en convencerlo de que las circunstancias eran otras, de que no contaba con ello y de que no se sentiría discriminado si no lo hacía. Todo inútil. Aunque el banquete no fuera de lujo, él se quedó sin una peseta. Si, si, sin una peseta, pero con toda la tranquilidad del mundo y todo su orgullo intacto. Ah, se me olvidaba decirlo. El que se casaba era yo y el señor Francisco era mi padre.

Con este precedente cómo no voy a entender a Félix Millet, expresidente del Palau de la Música y personaje reconocido y premiado en el ámbito de la buena sociedad catalana, en su afán por garantizar a su hija una pomposa celebración de su boda. Frente al caso anterior, hablamos aquí de una celebración que, entre unas cosas y otras, vino a tener un costo superior a los 80.000 euros, es decir en torno a trece millones y medio de las antiguas pesetas (casi dos millones sólo de flores). La asistencia de Consejeros de la Generalitat y de importantes financieros y empresarios catalanes, clara muestra del reconocimiento del personaje, terminaron de garantizar el lustre del acontecimiento.

Hasta aquí nada anormal, especialmente si consideramos las expectativas de la “buena sociedad” para celebraciones de esta índole. El problema reside en que mientras el señor Francisco se gastó hasta la última peseta para pagar los gastos de un modesto banquete, el que ostentaba el cargo de presidente del Palau cargó a la Fundación Orfeó Catalá, según parece desprenderse de los datos de la investigación en curso, 81.156 euros correspondientes a gastos de la boda de su hija. Esto es lo que se llama disparar con pólvora del rey.

Ojo, porque la cosa parece no quedar ahí. Los datos de la investigación apuntan a que los padres del novio le pagaron además alrededor de 40.000 euros, destinados a sufragar la mitad de los gastos de la celebración (ver el diario El Mundo del jueves 5 de noviembre). Una jugada maestra: aseguró a su hija una espléndida celebración de su boda y se embolsó por añadidura más de 6,6 millones de las antiguas pesetas. Claro que esto no es más que pura pacotilla si consideramos que, según se desprende de los datos que van emergiendo, el desfalco de este prohombre a la institución que presidía se mide al parecer en bastantes millones de euros.


Y, llegados a este punto, me pregunto cómo se sentiría el señor Francisco si levantara la cabeza y viera esto….. Presumo la respuesta: si levantara la cabeza, estoy convencido, volvería a reclinarla horrorizado y cerraría otra vez sus ojos para no contemplar tamaña desvergüenza.

Buenos días y mucha paciencia



miércoles, 28 de octubre de 2009

Contra viento y marea

Así, contra viento y marea, intento mantener en mis reflexiones el espíritu con que nació este blogg. Un espíritu que dejé reflejado de manera solemne en la declaración de intenciones que lo encabeza y que me permito reproducir aquí:

Este blogg responde a la idea de que sobre la mayor parte de las cuestiones que nos planteamos la mejor respuesta con frecuencia es una duda, un tal vez, un si pero..., o un en mi opinión es así. Responde a una protesta frente a las certezas absolutas y los dogmatismos de cualquier género. Eso sí, sin que ello suponga ninguna forma de relativismo. Es decir, convicciones sí, dogmatismos no.

Tengo que decir que sigo creyendo en esas ideas con la misma convicción que cuando escribía estas líneas. Y, sin embargo, me produce cierta inquietud, cierto desasosiego, el comprobar cómo mis últimas entradas destilan casi todas una importante dosis de irritación. Y es que la rabia que me produce la reiteración de comportamientos inaceptables en la gestión pública, teniendo como protagonistas a una variada gama de personajes sin escrúpulos que pululan por los pasillos del poder económico y político, me revuelve las tripas de tal forma que mis reflexiones terminan tal vez teñidas más por el sentimiento que por la razón, más por primeras sensaciones que por el pensamiento reflexivo, más por la ira que por el templanza.


A veces se me aparece tan fuerte esta inquietud que tengo la tentación de cerrar temporalmente este blogg para, dejados de lado los matices, y liberado del compromiso de distanciamiento relativo que voluntariamente me he impuesto, abrir otro blogg nuevo menos matizado, más agresivo y visceral, y con un título menos compresivo. Pero lo cierto es que no acaba se salirme de dentro. Tengo la sensación de que traicionaría en lo más íntimo algunas de mis convicciones más arraigadas. De manera que, aun a riesgo de que algunas de mis entradas en el blogg puedan bordear los límites, prefiero seguir aquí, contra viento y marea, intentando mantener el tipo en este difícil equilibrio.

Porque resulta difícil ser mesurado, contra viento y marea, al enjuiciar los comportamientos indecentes de los gestores del sistema financiero, cuando se reparten sin pudor cantidades insultantes de dinero en medio de una crisis económica provocada en gran medida por sus malas prácticas. Porque también resulta difícil ser, contra viento y marea, prudente y mesurado al analizar los comportamientos corruptos que, afectando prácticamente a todos los partidos con poder –y hoy ha salido a la luz el último escándalo de corrupción que afecta de forma entrecruzada a personajes relevantes de Partido Socialista Catalán y de Convergencia- embarran la vida política a unos niveles insoportables para los ciudadanos honrados a cuyo servicio deberían estar. Porque es difícil mantener, contra viento y marea, la prudencia ante la intolerancia, la falta de respeto y el fanatismo de algunos personajes y personajillos de medio pelo, a quienes hace especialmente despreciables el desprecio que manifiestan por los otros y por sus ideas. Y porque es difícil, en fin, mantener contra viento y marea la prudencia y la mesura ante los efectos perversos que provocan los comportamientos de todos ellos en la ciudadanía a la que dicen, con mentira, servir.

Pues bien. Contra viento y marea seguiré intentando en este blogg vencer la tentación del exabrupto y seguir cultivando la moderación en el análisis y en el juicio, sin renunciar por ello a la crítica desde mis convicciones más profundas. Contra viento y marea.

Así pues, pese a las nuevas malas noticias sobre corrupción política, una vez más contra viento y marea, deseo a todos un feliz día.

Hasta la próxima

lunes, 26 de octubre de 2009

La agresividad verbal como problema político

Algunas veces, a poco que a uno le guste leer lo que otros escriben, se encuentra con formulaciones que, hechas por ellos, expresan de modo cabal la propia forma de pensar sobre algunas cuestiones, probablemente incluso mejor de lo que uno mismo hubiera podido hacerlo. Es ésta la sensación que acabo de tener al leer la siguiente reflexión hecha por Eduardo Punset en la última entrada de su blog. Dice así:

...Resulta inevitable preguntarse por los efectos sociales de que la mitad de la población esté siempre imputando al resto razones infundadas, taimadas, perversas, interesadas para explicar su comportamiento. Será muy difícil no sacar la conclusión de que esas palabras calan hondo en la mente colectiva y acaban dividiendo en dos partes irreconciliables a la sociedad ….”

Hace Punset esta reflexión en un articulo en el que quiere dejar subrayada la idea de que la agresividad en el lenguaje resulta extraordinariamente dañina, tanto para las relaciones personales como para las convivencia entre grupos. Textualmente dice Punset que “hacen falta cinco cumplidos para resarcir un insulto”. En lo que se refiere a las relaciones personales cada uno tiene sus propias experiencias y sabrá seguramente valorar hasta que punto los excesos verbales han podido deterior en ocasiones su convivencia con los otros, especialmente los cercanos. A mí en este momento me interesa destacar sobre todo las enormes dosis de agresividad verbal al uso entre nuestros partidos políticos, una desmedida agresividad verbal que, en sí misma, pone más zancadillas a potenciales acuerdos que las propias discrepancias en el diagnóstico y en las propuestas de actuación para hacer frente a los problemas.

En efecto, resulta muy difícil confiar hoy en alguien que ayer te puso a caldo. Y, puestos a poner a caldo a los adversarios, nuestros políticos se las pintan solos; y no sólo en campaña electoral, que ya es suficientemente lamentable, sino en la controversia política del día a día. Y lo peor es que este mal ejemplo termina por contagiarse a militantes de base y a simpatizantes, que tienden a reproducir miméticamente las descalificaciones que de los rivales políticos hacen los líderes de sus partidos. He podido comprobarlo de manera práctica visitando los blogs personales de algunos políticos en los que el escaso respeto y el tratamiento demagógico, desconsiderado y ofensivo que los titulares dan a sus adversarios, es apostillado a menudo por los comentarios de sus seguidores con los insultos menos ingeniosos a la vez que más ofensivos, e incluso más soeces.

Sobre estas bases tan poco civilizadas y yo diría que tan poco inteligentes, es muy difícil imaginar cualquier capacidad de nuestros políticos para el acuerdo y el pacto, tan deseable a veces, y tan necesario en situaciones críticas y complejas como la actual. Echa uno de menos aquellos tiempos de los pactos de la Moncloa, de los años de la transición democrática, en que los diferentes partidos -afortunadamente más ingenuos y menos maliciados que en la actualidad- fueron capaces de reconocer en los rivales, independientemente de las discrepancias, las mismas buenas intenciones que ellos tenían y, en consonancia y como previo necesario, optaron por bajar el pistón de la agresividad verbal.

No conviene olvidarlo: Como dice Punset, “hacen falta cinco cumplidos para resarcir un insulto”

Buenas tardes y feliz semana

viernes, 23 de octubre de 2009

Descorazonador

Si, si … descorazonador, decepcionante, desolador, deprimente y frustrante. Son los adjetivos que pueden calificar los tonos que definen mi estado de ánimo cuando ojeo la prensa cada día, mientras tomo mi café con leche y mi croissant en la cafetería habitual. Para alguien, cuyos padres grabaron a fuego en sus años de infancia el valor de la honradez y el sentido de la responsabilidad, para alguien que aprendió de niño que uno ha de responder de sus actos ante los demás y ante su propia conciencia y que ha de ganarse honestamente la vida con sus propio medios, sin aprovecharse o utilizar indebidamente recursos ajenos, resulta insoportable la sensación de falta de honradez y, al parecer, de conciencia moral, de los numerosísimos golfos de la política que, aprovechándose sin pudor alguno de la confianza depositada en ellos por la ciudadanía, se dedican a enriquecerse ellos mismos y a enriquecer a sus amigos utilizando de manera indebida y fraudulenta, a menudo directamente delictiva, los recursos públicos. Esos recursos que las administraciones obtienen de los impuestos que pagamos todos los ciudadanos y que, por lo mismo, deberían ser gestionados con especial cuidado y con la máxima honestidad.

Escribo estas líneas, alejándome un poco en el tono de los principios que yo mismo he querido poner en el frontispicio de este blog: la mesura, la prudencia en el juicio, la duda frente a las certezas absolutas, la falta de alineamientos “a priori”, la consideración siempre del carácter poliédrico y complejo de la realidad, la huída de afirmaciones simplistas o tópicas, el repudio de las descalificaciones gratuítas.

Y lo hago porque no puedo hoy evitar el dejarme llevar por la indignación y la ira. Lo que me sale de dentro es un discurso irritado, visceral, envenenado de frustración, por las noticias de escándalos y corrupción política que, con múltiples variantes y afectando a miembros de diferentes grupos y cargos políticos, salpican cada día las páginas de la prensa diaria y, particularmente la de hoy. En ella se recogen graves indicios de tráfico de influencias, malversación de fondos públicos y trato de favor a personas cercanas, testaferros o sociedades pantalla, a la presidenta del Parlamento Balear y expresidenta del Consell de Mallorca, perteneciente a Unión Mallorquina. En ella se informa también de las prácticas intolerables del alcalde del Éjido, del Partido de Almería, que perteneciera en su día al PP y que, rebotado, ha venido gobernando con el apoyo del PSOE; prácticas tales como pagar a empresas cercanas diferentes partidas con un presupuesto inflado, al parecer en beneficio del propio alcalde y sus socios . A título de ejemplo, y según datos aportados por Miguel Carrrera en el diario El Mundo, 474 euros por poner una bombilla en una taquilla de venta de entradas, 2.100 euros por la reparación de una baldosa en la plaza mayor, más de 24.000 euros por la construcción de dos pasos de peatones. Eso por no hablar de otras prácticas especulativas en beneficio propio en el ámbito inmobiliario, que se recogen también en el mismo artículo y que no voy a reproducir aquí.

Si a esto añadimos los comportamientos deplorables de los políticos del PP implicados en el caso Gurtel, los indicios de tráfico de influencias y de aparente nepotismo en la Junta de Andalucía, y el goteo de corruptelas que van apareciendo cada día en los medios afectando a miembros de diferentes partidos, no es de extrañar el progresivo y peligroso desprestigio de la clase política entre los ciudadanos. No es de extrañar tampoco que se la acuse de estar afectada no sólo por una corrupción moral absolutamente deprimente (carente de frenos legales y éticos) sino también, como hace Justino Sinova en su artículo de hoy en el citado diario, de “una corrupción intelectual que lleva a los políticos corruptos a despreciar las leyes, las instituciones y las personas”.

A la vista de estos desmanes, ¿cómo pedir a los ciudadanos que sean mesurados en sus juicios?; ¿cómo demandarles que sean rigurosos y sepan distinguir el grano de la paja, los políticos honrados (que los hay y muchos) de los políticos corruptos?; ¿cómo pedirles que no reaccionen con indignación y con ira?. Ni siquiera el autor de este blog, que deliberadamente pretende hacer estandarte de la templanza y la mesura, de la prudencia y el rigor, del contrabalance del sentimiento con la razón, es capaz de resistir la tentación del cabreo. De un irreprimible e insoportable cabreo.

En contrapartida, y en compensación, dedico mi saludo más cordial y mi mejor sonrisa a la incontable buena gente que anda por el mundo.

Buenos días y hasta la próxima.


miércoles, 21 de octubre de 2009

Si no fuera de pena ….

….. Sería de traca. Sujeto: Este país. Basta echar cada día una mirada ligera a la prensa para comprobarlo. Me limitaré a constatarlo con unos breves a título de muestra. Todos ellos son noticia hoy mismo.


El juzgado de instrucción nº 30 de Barcelona deja libre a Felix Millet

Para quien no lo recuerde o no lo sepa, Felix Millet es un personaje de la buena sociedad catalana, expresidente del Palau de la Música, que fue galardonado por Jordi Pujol en 1999 con la Cruz de Sant Jordi, una alta distinción de la Generalitat, “por su papel decisivo en la dinamización de las actividades del Palau”. Claro que, de paso, aprovechó para desviar, para uso propio, algunos millones de euros de las cuentas del Palau (naderías).

Pues bien, a este “altruista” benefactor de la cultura catalana el juzgado de referencia lo deja en libertad sin fianza alegando que no existe ningún “dato objetivo concreto” que indique la posibilidad de fuga. Alega que, pudiendo haberlo hecho después del registro del Palau, no lo hizo. Estupendo. Puesto que hasta ahora no lo ha hecho, démosle una nueva oportunidad.

Pregunta: ¿cuántos de los presos que están en la cárcel a la espera de juicio y que no pertenecen a la buena sociedad, catalana, madrileña o la que sea, podrían gozar y no gozan de la misma presunción? Y si no se aplica el mismo criterio, ¿cómo podemos presumir de vivir en un estado de derecho?. A no ser que aceptemos que en un estado de derecho valga decir que “todos somos iguales ante la ley, pero algunos son más iguales que otros”. Lamentable.

***************


Cortina y Alcocer reclaman al Estado 4,6 millones por “daños morales”

Si no estuvieramos acostumbrados a que cualquier sorpresa recibida hoy, por enorme que sea, puede ser superada mañana por otra mayor, diríamos que es prácticamente imposible imaginar más desvergüenza. Estamos hablando de los archifamosos Albertos, esos señores, en este caso de la “jet económica”, que fueron condenados en 2003 por el Tribunal Supremo como responsables de una estafa de 25 millones de euros a los socios minoritarios de Urbanor, propietaria del solar donde se contruyeron después las torres Kio. Su defensa apeló al Tribunal Constitucional y, entre su pericia generosamente pagada (faltaría más) y algún resquicio legal que resulta insoportable imaginar, consiguió que el citado tribunal, modificando su propia jurisprudencia sobre la prescripción de este tipo de delitos, anulara la sentencia en 2008.

Increíble y lamentable que así fuera y habría que pedir por ello cuentas, quizás a parte iguales, a los que hacen las leyes y a los que las aplican. Las mismas leyes se pueden interpretar de forma más o menos amplia, más o menos restrictiva y, por lo que se ve, existe en este país una irreprimible tendencia a ser particularmente bondadosos en la aplicación a los poderosos.

Claro que, si lo anterior es lamentable, la reclamación de los ínclitos Albertos es simple y llanamente una tremenda e insoportable desfachatez. No les basta con haberse llevado la pasta. No tienen suficiente con haber salido inmunes del castigo que debía habérseles aplicado. Quieren además tomarnos el pelo reclamando al Estado -es decir, a nosotros, a todos los ciudadanos- 4,6 millones de euros como compensación, pobrecillos ellos, por el perjuicio “moral” y “económico”(?) que su procesamiento les ha ocasionado. ¿Será posible semejante cara dura? ¿Cabe imaginar mayor desvergüenza? Me temo que estas preguntas no son más que preguntas puramente retóricas ya que, aunque mi primera tentación es contestar negativamente, viviendo en este país de traca, no me sorprendería que mañana nos despertáramos con otra de lo mismo y, como decíamos en mi pueblo, incluso con “copete”.

**************


El PNV no acudirá a la fiesta de los 30 años de Estatuto, o de desagradecidos está el mundo lleno

Muchos de los que vivimos una buena parte de nuestra vida bajo el régimen franquista, de carácter absolutamente centralista y agresivo con cualquier manifestación nacionalista, hasta considerar delito la colocación de la ikurriña y perseguir cualquier manifestación reivindicativa de los nacionalismos periféricos, desde la utilización de la lengua propia al simple uso de instrumentos musicales autóctonos, supimos muy bien en su día, y seguimos siendo conscientes hoy, del avance que supuso y supone el Estatuto de Gernika como instrumento útil para avanzar, mucho más allá de lo imaginable entonces, en el autogobierno y en el cultivo y desarrollo de la lengua y cultura propias. Por no hablar de los poderosos resortes para una gestión autónoma de la economía cuyos resultados han sido razonablemente positivos incluso en las situaciones más difíciles y complicadas.

Claro que, a pesar de todo, se puede aspirar a más, y está claro que el horizonte final de los partidos nacionalistas, incluído al menos un sector del PNV, tiene como aspiración última la creación de un estado propio. Aún así, me resulta de todo punto icomprensible que el PNV, que conoce mejor que nadie lo que de verdad ha supuesto de avance para el País Vasco este Estatuto y que, en virtud del mismo, ha estado gobernando tanto tiempo este País, tanto en el Gobierno Vasco como en Diputaciones y Ayuntamientos, por no se que razones sobre las que no quiero especular, sea incapaz de reconocer el valor que para la sociedad vasca en su conjunto ha tenido y sigue teniendo el Estatuto de Gernika, incluso si estima que puede ser mejorado. Es más, incluso si aspira a que en el futuro el Estatuto de Autonomía sea sustituído por la independencia. A cada uno ha de dársele lo que se le debe y, en mi opinión, no creo que sea precisamente el PNV de los que menos debe al Estatuto. Claro que de desagradecidos está el mundo lleno.


Pues eso. Que si no fuera de pena .... sería de traca

Buenos días y hasta la próxima