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sábado, 6 de marzo de 2010

El absentismo laboral como fraude social

Entre las muchas ventajas que me depara mi situación actual de jubilado la que más he valorado desde el primer momento ha sido la libertad que me proporciona para organizar el tiempo a mi libre albedrío. Resulta impagable el placer de decidir libremente la hora de levantarme cada día, incluso si, como es el caso, me levanto relativamente temprano y casi todos los días a la misma hora. Resulta agradable poner organizar mi tiempo reservando un amplio espacio para mis aficiones más satisfactorias: la lectura y la escritura. Con la ventaja adicional de que, si un día las dejo de lado por cualquier otro estímulo circunstancial, no pasa nada. Resulta también especialmente estimulante poder dedicar algún tiempo a recuperar y cultivar viejas y buenas relaciones del pasado erosionadas por el paso del tiempo y por la distancia, o dejadas de lado por las exigencias de una vida llena de avatares personales y condicionada por itinerarios profesionales divergentes.

Podría enumerar algunas otras razones que, a una persona viva y con aficiones, le depara la jubilación y que, en lo personal, me hacen sentir particularmente bien. Pero no es éste el objetivo de mi reflexión de hoy. Al contrario. Lo que trato de decir es que cada tiempo tiene su afán y que, en mi opinión, la capacidad para disfrutar hoy de la libertad para organizar y disfrutar el ocio está muy relacionada y es, en alguna medida, proporcional a la seriedad y el rigor con el que he intentado cumplir con las exigencias fundamentales de una larga vida laboral. Y una de esas exigencias es el no eludir con engaños el compromiso con la empresa o la institución en la que trabajas y no defraudar fraudulentamente a tus compañeros de trabajo o a las personas que, en el mismo, puedan depender de tí. Y es justamente esta exigencia la que se quebranta cuando, mediante fraude más o menos camuflado, se convierte en intermitente, cuando no en ocasional, la presencia en el trabajo.

Ya sé que existen enfermedades y accidentes y que algunas personas pueden tener una especial mala suerte. Por eso procuro poner sordina a mi tentación de presumir de no haber cogido ninguna baja en toda una larga vida laboral. Sé que para eso hay que tener bastante suerte. Pero quiero suponer que también algo más: por ejemplo un plus de compromiso y de sentido de la responsabilidad. Ese plus que ayuda a superar de pie algunos episodios leves en los que muchos tienden a ver una situación pintiparada para tomarse una semanita de vacaciones pagadas.

No es de extrañar que, en una situación de crisis como la actual, en que la competencia resulta clave para que cualquier empresa se sitúe en el mercado, salgan a la luz algunas estadísticas relativas al absentismo laboral que resultan especialmente desmedidas. No parece que ese absentismo, que se convierte en un sumando añadido a los costes de producción, pueda resultar un buen aliado para el mantenimiento de los puestos de trabajo de una empresa en medio de un mercado contraído en el que es preciso competir.

Ésta es sin duda una razón de tipo práctico que tal vez pueda convencer a algunos listillos de los peligros del absentismo. No sería bueno, sin embargo, olvidar la que debería ser la razón ética, la que dice que, si queremos ser exigentes en reclamar los derechos que nos son debidos, debemos ser al menos tan exigentes en cumplir lo más rigurosamente posible con nuestras obligaciones. Eso incluye asumir que un absentismo injustificado aparte de ser un fraude a la institución -que se puede traducir en efectos indeseados para uno mismo- resulta ser también un fraude para los propios compañeros cuyo puesto de trabajo se contribuye a poner en riesgo.

Buenos días y hasta la próxima

lunes, 8 de febrero de 2010

A vueltas con las pensiones

He aquí una noticia sobre pensiones difundida recientísimamente por Europa Press:

El consejo de administración de BBVA ha decidido congelar tanto las aportaciones al plan de pensiones como el salario de presidente, Francisco González, que percibió un salario total de 5,32 millones de euros (un 0,5 menos que el año anterior).

No habrá más aportaciones a la pensión de González, que se queda en 79 millones de euros, según consta en la información remitida a la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) con motivo de la convocatoria de la junta general de accionistas del 12 de marzo.

La decisión se produce después de la polémica generada por la salida del banco de José Ignacio Goirigolzarri, ex consejero delegado, que dejó el cargo en septiembre y que se embolsó 50 millones de euros de pensión.

En el caso del actual presidente, tras la aportación de siete millones de euros en 2009 (inferior en un 30% a la de 2008) el banco ya no hará más aportaciones, dado que el 19 de octubre del pasado año González ya cumplió 65 años, "motivo por el cual el grupo no considera lógico seguir realizando dotaciones a su plan de pensiones una vez superada su edad legal de jubilación". El dinero lo recibirá cuando deje el cargo.

Y digo yo: Pobre Francisco González. ¿Cómo tiene el BBVA la falta de sensibilidad con su presidente para reducirle su salario de este año en un 0,5 por cien? ¿Cómo se puede cometer semejante agresión a los ingresos de este prohombre haciendo que su salario anual se vea reducido en 0,0266 millones de euros o, lo que es lo mismo, 4.426 pesetas?. Esta tremenda desconsideración va a suponer para él que tendrá que conformarse con cobrar al año tan sólo 885 millones de las antiguas pesetas. ¡Pobrecito!. Pero eso no es todo, aparte de eso este pobre hombre, que ha cumplido ya los 65 años, aunque seguirá trabajando, se encuentra con la desagradable sorpresa de que el banco ha aportado a su plan de pensiones solamente 79 millones de euros. ¡Qué tremenda injusticia!.

Hablando en serio. Estando como estamos atravesando una crisis económica generada en gran parte por las malas prácticas del sistema financiero, de las que son responsables estos grandes prebostes de la banca, ¿no es ya excesivo que se hayan beneficiado personalmente en el pasado de todo tipo de compensaciones en forma de primas y bonos, de difícil justificación a la vista de los resultados?. ¿No es suficiente premio para ellos el que, pese a esas malas prácticas cuyos efectos estamos padeciendo todos, no hayan tenido que pasar por los tribunales y devolver el dinero que de manera tan inmerecida y espúrea se han llevado? ¿Tenemos que seguir soportando los ciudadanos de a pié que, después de que los poderes públicos han tenido que salir al rescate de la banca utilizando el dinero de todos, estos banqueros, que siguen restringiendo el crédito a la economía productiva y obstaculizando con ello la salida de la crisis, sigan manteniendo estos desmedidos privilegios? ¿Tendremos además que seguir aguantándolo en un momento en que se discute la viabilidad a medio plazo de un sistema de pensiones que apenas garantiza la supervivencia de algunas familias?.

Claro que, en el terreno de las pensiones, no son los banqueros los únicos privilegiados en relación con los trabajadores, digamos, normales. Resulta que también nuestros políticos, esos mismos que, a la vista de las dudas sobre el futuro del sistema, proponen medidas de choque para que no se venga abajo (retraso de la jubilación y ampliación del número de años trabajados para calcular la cuota) se han creado ellos, por consenso -ese que no son capaces de alcanzar para cosas importantes para los ciudadanos- su propio “corralito” (pocos años de trabajo para garantizarse la pensión máxima). Menos mal que, entre ellos, de vez en cuando emerge alguno que pone en cuestión ese “corralito” y llama la atención sobre lo impresentable que resulta mantener la situación de privilegio, mientras se está pensando en apretar el cinturón de los demás. Un aplauso, pues, para la sensibilidad y el sentido común del que ha hecho gala Rosa Díez presentando en el Congreso una proposición para revisar el privilegiado sistema de pensiones de los parlamentarios, una medida que considera ineludible en pleno debate sobre la jubilación de todos los españoles. Eso es coherencia. Y seguramente planteamientos de este tipo son, entre otras cosas, los que hacen hoy de Rosa Díez la política que aparece como más valorada en todas las encuestas.

Que cunda el ejemplo. Un saludo y hasta la próxima.



sábado, 6 de febrero de 2010

Gobernar exige decisiones difíciles

La verdad es que a estas alturas de la película resulta difícil saber dónde estamos, hacia dónde caminamos y qué posibilidades tenemos de alcanzar un destino confortable. Todo lo que ha ocurrido en nuestra economía a lo largo de las dos últimas semanas, y sobre todo de la última, no ha hecho otra cosa que sembrar de dudas e incertidumbres el próximo futuro. A los malos augurios hechos por los expertos en la cumbre de Davos, se han sumado los datos objetivamente preocupantes del aumento imparable del paro, el endeudamiento público y la confirmación de que, en el último trimestre del pasado año, seguíamos todavía en recesión; algo que ya no ocurre en los países de nuestro entorno. No se si esto es de por sí suficiente para explicar otro dato añadido que no se puede pasar por alto: que el ibex 35, que hace dos semanas estaba instalado por encima de los 12.000 puntos, se encontraba, al final de la sesión de ayer en torno a los 10.100, lo que supone un descenso espectacular del orden del 16%. Es muy probable que a la influencia de los datos objetivos se hayan sumado algunos movimientos especulativos, pero sería estúpido pretender menospreciar la importancia de esos malos datos como factores clave. Los especuladores son personas físicas o jurídicas que suelen actuar con la más condenable de las inmoralidades, pero resulta que manejan como nadie los datos objetivos y las expectativas positivas o negativas que estos generan.

El problema seguiría siendo serio incluso si tuviéramos la certeza de tener un gobierno clarividente en el análisis de la situación, riguroso y consecuente en la propuesta de estrategias para abordar los problemas y decidido a asumir, con fortaleza y sin mirar a la galería, las medidas que la situación exige. Si así fuera, tendríamos al menos la confianza que produce la sensación de tener claro el punto de partida, trazado un horizonte y pergeñado un camino bien orientado para alcanzarlo. Si así fuera es probable que, en torno al proyecto, pudiéramos todos aceptar poner nuestro granito de arena, nuestra parte correspondiente de esfuerzo y sacrificio para hacerlo viable.

Pero claro, hasta hace un par de años vivíamos en una etapa de euforia y expansión económica -aunque, por lo que se ha visto, sobre bases llamativamente frágiles- en la que, como suele ocurrir cuando las cosas van bien, resultaba fácil y cómodo gobernar, incluso intentar hacerlo con la sonrisa puesta, tratando de complacer a todo el mundo, a veces con largueza desmedida, sin pensar en posibles efectos indeseados de cara al futuro. Cuando la situación cambia, el presente se complica y el futuro se vuelve hosco resulta tremendamente difícil aceptarlo y se empieza por intentar enmascarar o negar los hechos. Luego, cuando se muestra evidentes y ya no se pueden camuflar, resulta que se ha perdido un tiempo precioso para tomar conciencia de la crisis y para intentar hacerla frente desde el principio, desde sus raíces.

Por si fuera poco, unos gobernantes que han insistido por activa y por pasiva en la fortaleza de nuestra economía, que han hecho del gasto una vocación y que han ahogado en concesiones no siempre bien justificadas cualquier conato de contestación social o autonómica, no parecen tener ni la actitud ni la fortaleza de ánimo suficientes para fajarse en hacer frente a una situación de crisis. Una situación que exige firmeza para tomar decisiones, algunas de las cuales pueden resultar impopulares o molestar a determinados sectores de la población, e incluso a organizaciones a las que se ha intentado siempre complacer y con las que puede ser necesario enfrentarse. Me gustaría creer que no es así, pero las constantes idas y venidas de nuestros gobernantes les restan credibilidad. Así lo avala el hecho de que dan un paso adelante remitiendo a la Unión Europea un plan para estabilizar la economía y ponerla en condiciones de avanzar, y luego dos pasos atrás en el momento que vislumbran la amenaza de tener que defender sus propuestras frente a la resistencia de los sindicatos. No es de recibo. Porque, o no han pensado y construído con rigor el plan, en cuyo caso es absurdo proponerlo, o lo habían pensado bien y lo estimaban adecuado a la situación, en cuyo caso lo absurdo es revisarlo a las primeras de cambio.

Tampoco resulta mucho más alentador el último intento del gobierno que, al parecer, ahora lo fía todo a la concertación social. Un intento que, por otro lado no es nuevo y cuyos precedentes no invitan precisamente al optimismo (el último de hace unos meses se saldó con un sonoro fracaso). Pero en fin, supongamos que, dadas las circunstancias, los sindicatos y las organizaciones patronales vayan esta vez con más urgencias y mejor predisposición. En todo caso, lo que resulta decepcionante es que el documento que presenta el gobierno sea tan etéreo, tan literario y poco concreto como lo describen quienes han hecho ya una primera lectura del mismo. También resulta discutible que, de entrada, el gobierno asuma que todo lo que se decida ha de ser consensuado. Por más que la propia falta de concreción permita que unos y otros no encuentren en la propuesta nada que los soliviante, si analizamos friamente las manifestaciones de las organizaciones empresariales y los sindicatos en cuestiones fundamentales sobre las que habrán de tomarse decisiones, no resulta difícil pronosticar que los acuerdos importantes van a ser más bien escasos. Y entonces ¿qué hacer?, ¿no tomar medidas?, ¿esperar una varita mágica que venga a solucionar nuestros problemas?.

Y esto por no hablar del enorme retraso con que se hace el intento y del el error añadido de no intentar por todos los medios implicar a la oposición en el mismo. Supongo que el gobierno teme (y confieso que yo también) que la oposición se niegue a participar, mantenga una actitud oportunista y lo fíe todo al desgaste del gobierno para suplantarle en el poder. Estaría en su debe y los ciudadanos podrían tomar nota. En el debe del gobierno está el no haberlo intentado antes y el no intentarlo ahora. También los ciudadanos pueden tomar nota.

En fin, para no terminar abandonado al pesimismo y la melancolía, quiero expresar mi deseo más ferviente de que el intento termine por salir bien en contra de mis temores. Brindo por ello.

Buenos días y hasta la próxima



jueves, 4 de febrero de 2010

Entre la zozobra y la esperanza ante la crisis

Una de las cosas que aprendí de niño, en el ámbito familiar, es que hay que procurar no gastar lo que no se tiene. Una filosofía que, desde la precariedad de una economía doméstica basada en una pequeña explotación agrícola -sometida siempre a los vaivenes de la evolución de las cosechas- se intentaba llevar a la práctica de la forma más rigurosa posible. Por eso, cuando una mala cosecha volatilizaba una parte sustancial de los ingreso previstos, todos los miembros de la familia eramos conscientes de que se avecinaba una reducción también sustancial de los gastos, empezando por los superfluos -muy escasos- y siguiendo por otros que no lo eran tanto. Aprendí enseguida que, en tal situación, tendría que conformarme sin un juguete con el que soñaba. También aprendí que, en años como ese, sólo podría renovar mi vestuario aceptando, de mejor o peor grado, heredar los pantalones o el abrigo que se le habían quedado cortos a un hermano mayor. El presupuesto familiar debía de ajustarse a las exigencias del momento. Como mucho se asumía aplazar el pago en la compra de un bien necesario, aunque para poder hacerlo era preciso haberse ganado antes la confianza de un comerciante conocido que asumía el riesgo del aplazamiento. Lo que se intentaba por todos los medios, hasta donde la situación lo permitía, era insistir en la necesidad de aprender, en aprovechar las oportunidades de formación, para intentar “labrarse un futuro mejor”.

Más tarde aprendí que un buen funcionamiento económico no demandaba una tan desmedida rigidez y que era posible un endeudamiento razonable para invertir en un negocio con buenas perspectivas o para anticipar el uso o el consumo de algunos productos de elevado costo (una casa, unos electrodomésticos, un coche, etc.) Eso sí, siempre que se hiciera de forma prudente, contando con las garantías que te pudiera proporcionar la propia situación patrimonial o laboral. También aprendí que no era bueno crearse nuevas “necesidades” que pudieran tirar de los gastos por encima de los posibles ingresos. En realidad se trata de unos aprendizajes sencillos, casi triviales, que desafortunadamente parecen no haber hecho nuestros políticos.

Digo esto porque no quisieron o no fueron capaces de aplicar esta sencilla pero práctica filosofía en los momentos de bonanza, ni parecen querer o ser capaces de hacerlo tampoco en el marco de la crisis que ahora padecemos. Cuando en el pasado todo parecía marchar sobre ruedas, unos ejercicios con superavits podrían haber permitido aplicar los resultados a financiar la reestructuración de una economía demasiado polarizada en la construcción, a diversificar dependencias y a dedicar mayor énfasis y dotaciones para investigación, desarrollo e innovación. No fue así, sino todo lo contrario. Soberbiamente encaramados en la posición de nuevos ricos, y dispuestos a comprar el afecto y la complacencia inmediatos de unos y otros, nuestros gobernantes, no han tenido reparo en aumentar y consolidar gastos corrientes, en incrementar el número de funcionarios y cargos de confianza bien pagados y no siempre justificados, en complacer y amansar con generosas dádivas a unos sindicatos paniuaguados con más liberados que afiliados, a financiar sin el control exigible a ONGs de dudosa utilidad social, a ganarse apoyos electorales entre artistas, reales o presuntos, mediante generosas subvenciones y prebendas. Eso por no hablar de la suntuosidad de los viajes y desplazamientos de nuestros “políticos-pavo real”, a menudo sin una utilidad práctica que los justifique (coches oficiales de lujo, hoteles de cinco estrellas, dietas escandalosas), etc., etc..

Hoy, cuando la disminución sustancial de los ingresos fiscales, unida al aumento acelerado de los gastos sociales, han llevado al país a un déficit de más del 11 por ciento, y cuando hemos llegado a una cifra de más de cuatro millones de parados, no parece que nuestro gobierno tenga claro que ahí tiene uno de los nichos en los que puede encontrar campo para una sustanciosa reducción de los gastos y, consecuentemente, del déficit. En lugar de tomar el toro por los cuernos y asumir la cuota de sacrificio necesaria y el coste político anejo, opta por compensar su inacción acudiendo a aumentar el déficit y la deuda. Da lugar con ello a un efecto indeseado: la disminución de la confianza en la economía española de los posibles prestamistas, encareciendo las primas de riesgo y agrandando los intereses y la duración de la hipoteca que habremos de pagar inexorablemente todos nosotros.

Si se quiere evitar que así sea es preciso tener el coraje de tomar esas medidas de ahorro a corto plazo y destinar lo ahorrado por esa vía al estímulo de la economía productiva y a la generación de empleo. Y, si hay que endeudarse, hágase para generar trabajo y riqueza; y de paso también aumentar el consumo y la recaudación fiscal derivada. Sólo así es asumible la ampliación temporal de la deuda. Lo contrario sólo conduce al desastre.

Curiosamente un gobierno como el actual, que primero negó sistemáticamente la crisis y que ha seguido empeñándose luego en menospreciar su posible impacto sobre nuestro país, se encuentra ahora agobiado por los malos augurios y las llamadas de atención de los organismos internacionales, que amenazan con acentuar la desconfianza en nuestra economía. Y tiene razones para ello. Acabo de echar una ojeada a la marcha de la bolsa en la sesión de hoy y, cuando son las seis de la tarde, compruebo que ha bajado casi un 6% en la jornada; un extraordinario batacazo, y un claro síntoma de desconfianza. Seguramente también una manifestación más de la egoísta insolidaridad de los inversores.

Así las cosas parece que, por fin, y ante los requerimientos de la Unión Europea, nuestros gobernantes han entendido que no les queda más remedio que intentar levantar el ala, sacar la cabeza de debajo, y proponer un plan de estabilización de la economía orientado a reducir el déficit y el endeudamiento y a poner nuestra economía en situación de abordar una previsiblemente lenta salida de la crisis. Curiosamente un gobierno como el actual, tan cortoplacista él, y a la vez tan autoproclamado defensor de los derechos sociales de los débiles, pone ahora el acento en dos medidas poco sociales, orientadas a la reducción del déficit a medio plazo con base en una actuación restrictiva sobre las jubilaciones y las pensiones: retrasar de forma progresiva la edad de jubilación en dos años y contabilizar 25 años en lugar de los 15 últimos para determinar la cuantía de las pensiones. No voy a entrar a valorar ahora hasta que punto estas propuestas -que unos miembros del gobierno hacen, otros matizan y otros niegan en un ejercicio lamentable de descoordinación- afectarán a los pensionistas en un futuro más o menos próximo. Estoy convencido de que se trata de un problema que habrá que abordar, aunque también lo estoy de que no es “el problema”. Lo sería si no hubiera un enorme ejército de desempleados esperando encontrar un puesto de trabajo; pero mientras padezcamos los niveles de desempleo actuales ¿qué ventajas se derivan para los desempleados del hecho de que se prolongue la edad de jubilación de los que tienen trabajo? ¿No resulta además incongruente con el despilfarro de dinero público que ha supuesto en un pasado bien reciente la política de acuerdos con grandes empresas para facilitar la jubilación anticipada de trabajadores de menos de 55 años?.

No quiero ser pesimista, entre otras cosas por ser fiel a una práctica que normalmente me ha ido bien en la vida. No hay que ser demasiado optimista en los momentos buenos (te podría hacer tomar decisiones demasiado alegres y arriesgadas), ni demasiado pesimista en los malos (te podría hacer caer en la melancolía y paralizar las actuaciones necesarias para superarlos). Sigo pues, pese a todo, teniendo fe en que mejores tiempos son posibles. Pero para que así sea necesitamos que nuestros gobernantes, que parecen haber perdido por fin sus alas de pavo real, dejen ahora de parecer boxeadores sonados y se fajen en la adopción de las medidas necesarias, incluso si algunas pueden ser poco populares y generar resistencias. Que lo hagan ya, que las expliquen y que pidan a todos los ciudadanos la colaboración y los sacrificios necesarios, a cada uno según sus posibilidades. Si no son capaces de hacerlo, que lo digan y que dejen hacer a otros. De lo contrario todos saldremos perjudicados.

Y digo yo, volviendo al punto de partida y aun a riesgo de simplificar un poco, que no estaría de más que, sean quienes sean, tengan presentes algunas de las lecciones básicas que muchos aprendimos de la economía doméstica.

Es todo por hoy. Desde una razonable preocupación por el futuro, buenas tardes y hasta la próxima.







martes, 2 de febrero de 2010

El principio de realidad como clave para un sueño

Las reciente publicación de algunos datos preocupantes sobre la situación de la economía española (paro por encima del 20% de la población activa y déficit público superior al 10%), junto con la consiguiente desconfianza manifestada en Davos sobre la fiabilidad de la misma, ha conseguido, al parecer, despertar a nuestro presidente del ensueño fantástico de seguir pertenenciendo a la “Champion`s Ligue” de la economía (Zapatero dixit). El humo que cegaba sus ojos en los albores de la crisis y que le inspiraba fantasías y eufemismos negacionistas o disfraces de desaceleración, ni siquiera se diluyó por completo ante el vendaval de la crisis financiera y de la paralización del sector hipertrofiado de la construcción. Han tenido que cerrar miles y miles de empresas y aprobarse otros tantos expedientes de regulación de empleo, -con el consiente aumento del paro y de los gastos sociales y la reducción paralela de los ingresos fiscales- para que, por fin, nuestros gobernantes tomen conciencia de que semejante deterioro, de prolongarse en el tiempo, conduce inevitablemente al desastre.

La situación exigía y exige de nuestros políticos (desde luego del gobierno, pero también de la oposición, en la parte que le toca) una actitud y un comportamiento infinitamente más serio, más realista y responsable del que desafortunadamente han venido adoptando. El gobierno de turno debería haber sido mucho más riguroso, humilde y sincero en el diagnóstico. Reconocer desde el principio la crisis hubiera sido el primer paso necesario para, a partir de ahí, tomar algunas medidas tempranas de emergencia y diseñar un plan estratégico a medio plazo para enfrentarse al problema. No se hizo. Al contrario, después de negarla por activa y por pasiva, después de tachar de antipatriotas a quienes osaban mentar a la bicha, cuando los datos hicieron innegable la crisis, se buscó el analgésico de afirmar que nuestro país estaba mejor preparado que otros para hacer frente a la situación. Veníamos de unos años de superavit en las cuentas del estado y nuestros gobernantes no quisieron o no supieron reconocer y tener en cuenta la fragilidad de las bases que sustentaban el modelo. Y así, en lugar de poner el acento en la adopción de medidas tempranas orientadas a contener el gasto y mejorar la estructura productiva, se optó por seguir aumentando y consolidando irresponsablemente los gastos corrientes a la par que se incrementaban los gastos sociales como consecuencia de la crisis. Es como si se presumiera que, por una inercia mágica, todo fuera a volver a su cauce de forma espontánea. Pero las cosas no funcionan así y de los errores y empecinamientos del pasado se deriva la agudización de los problemas del presente.

Caído del caballo en la cumbre de Davos, ante la constatación de la desconfianza y los malos augurios para la economía española percibidos en las interpelaciones de esa cumbre, nuestro presidente se ve en la necesidad de enfrentarse, por fin, con la urgencia de tomar medidas severas para la contención del gasto y la recuperación de la confianza; algo que hubiera sido menos complicado si se hubiera planteado al comienzo de la crisis, antes de que los gastos sociales se hubieran disparado como lo han hecho en estos últimos tiempos.

Claro que nuestros gobernantes, preocupados sobre todo por la obtención y conservación del poder, se han mostrado siempre más preocupados de granjearse demagógicamente la simpatía y el voto de los ciudadanos diciéndoles siempre de forma irresponsable lo que quieren oir, que de hacer frente al marrón de dar malas noticias, de reconocer que las cosas en un momento dado no van bien, y de pedir a los ciudadanos que arrimen el hombro para llevar adelante un plan coherente con objeto mejorarlas. Para hacerlo así desde el poder es preciso ante todo ser sinceros con los ciudadanos, darles, cuando sea preciso, las malas noticias, ofrecerles planes creíbles para salirles al paso y pedirles su aportación y su sacrificio, si es necesario. La credibilidad no se gana con mentiras piadosas o con medias verdades, sino con la veracidad en la información y con la solvencia, el rigor y la honestidad en el ejercicio. Lo demás es puro camelo y, más tarde o más temprano, termina por quedar en evidencia.

No quiero terminar esta reflexión sin dedicarle también un párrafo al principal partido de la oposición cuya actitud de denuncia de la lentitud, la inoperancia o las inconsistencias del gobierno en la forma de proceder ante la crisis, produce a menudo la sensación de que se comtempla ésta más como un pretexto para reemplazar en el poder al partido en el gobierno que como un problema colectivo que es preciso intentar resolver cuanto antes y del modo mejor posible, incluso si para ello es preciso sacrificar intereses de partido y pactar con el gobierno en beneficio de la ciudadanía. Lamentablemente no tengo ninguna confianza en que esto llegue a producirse, entre otras cosas porque el PP no parece desearlo (la crisis podría llevarle al gobierno) y porque tampoco parece que el partido en el gobierno esté dispuesto a pedir humildemente ayuda y menos a hacer las inevitables transacciones que exige cualquier pacto. Ya dijo el presidente que la ideología le impedía llegar a acuerdos con el PP.

No sé, pero tal vez mereciera la pena que el dios de la ideología no le impidiera a nuestro presidente pensar en los trabajadores, socialistas o no, que se quedarán sin empleo si él no tiene en cuenta el principio de realidad. Tal vez los unos y los otros deberían mostrar una mejor disposición al acuerdo y al pacto para intentar alimentar, desde el principio de realidad, la esperanza de muchos ciudadanos de que el sueño en un futuro mejor no sea sólo eso, un sueño.

Brindo por eso. Buenas tardes y hasta la próxima.

jueves, 28 de enero de 2010

¿“Subida” de las pensiones o cuadratura del círculo?

Quiero empezar por decir que no soy un quejica. Me siento razonablemente satisfecho de vivir como he vivido en mi larga etapa laboral. Afortunadamente en la actualidad soy perceptor de una pensión que me permite vivir con comodidad y disfrutar de una libertad impagable. Por fortuna no me he creado grandes necesidades y no tengo envidia de quienes sí lo han hecho, incluso si han terminado por satisfacerlas. Seguramente seguirán creándose otras que no satisfarán. Aunque tal vez añadiría algún pequeño matiz, estoy básicamente de acuerdo con la idea de que la clave de la felicidad no está en tener muchas cosas, sino en no desear demasiadas. Eso sí, sin dejar que esta filosofía se convierta en germen de una actitud indolente y perezosa ante la vida.


Esta disposición de ánimo y mi situación de pensionista relativamente privilegiado me impidió analizar con detalle una comunicación que hace unos días me envió la Secretaría de Estado de la Seguridad Social, en la que se me informaba de la “revalorización” de mi pensión para el año en curso. Como ya sabía por los medios de comunicación que la subida sería del uno por cien ni siquiera presté atención a verificar en cuánto iba a mejorar mi economía. Sabía que serían solamente unos “eurillos”, así que para qué hacer cuentas.

Unos días más tarde, la lectura de un comentario de prensa sobre la “subida” de las pensiones, en el que se daba cuenta de que, en la práctica, los pensionistas cobrarían este año menos que el pasado, me indujo a verificar si se trataba de algo más que una especulación maliciosa para criticar al gobierno. Pues no. De los datos de la citada comunicación, contrastados con los del pasado año, se desprendía que mi percepción para el año en curso sería inferior en 3,8 euros al mes. Una disminución, por cierto, nada relevante y que, dado el bajo índice de inflación del pasado año, no va a deteriorar demasiado mi capacidad adquisitiva.

Dada mi situación relativamente privilegiada no voy a quejarme por este ligerísimo deterioro de mi situación económica personal. Ya digo que no soy un quejica. Lo que no es de recibo, ni siquiera en el plano formal, es que en una comunicación oficial se informe a los pensionistas de la subida de sus pensiones, diciéndoles en la misma que van a cobrar al mes una cantidad que resulta objetivamente inferior a la que cobraban el año anterior. Es la cuadratura del círculo. Una cuadratura que, por lo que se ve, han sido capaces de descubrir nuestros gobernantes. ¿Será un efecto más del optimismo antropológico de nuestro presidente?.

Claro que ese optimismo no les sirve de nada a los muchos pensionistas que, en la sección de cartas al director de distintos periódicos, expresan hoy su perplejidad ante el hecho. Algunos de ellos perciben pensiones relativamente modestas y cualquier disminución de sus percepciones, por pequeña que esta sea, tiene un efecto de deterioro de mayor nivel, especialmente si consideramos que los precios de algunos productos básicos de la cesta de la compra han crecido bastante más que la inflación general. Y eso afecta sobremanera a la economía de las familias con menos ingresos.

Analizado en detalle el hecho parece que tiene su explicación en un aumento de las retenciones, asociada a la eliminación de los 400 euros de deducción que nuestros gobernantes introdujeron, de manera “generosa” y “desinteresada” en precampaña electoral y que ahora, una vez “cumplido el objetivo” se retiran a todo el mundo, sean cuales sean sus ingresos.

Por ello, desde una actitud comprensiva en lo personal, y asumiendo también que en época de vacas flacas cada ciudadano debe aportar su parte alicuota de responsabilidad y sacrificio, no me quejaré por el hecho de que personalmente voy a cobrar unos “eurillos” de menos. Pero sí me quejo de que lo hagan otros con menos ingresos y que, para mas “inri” tengan que soportar que se les haga comulgar con ruedas de molino y se les anuncie en una rocambolesca comunicación que se van a subir las pensiones, pero que van a cobrar al mes menos que el año anterior. Lo dicho, la cuadratura del círculo, descubierta y adornada literariamente por unos expertos manipuladores del lenguaje.

Junto con mi cabreo, un saludo y hasta la próxima.

miércoles, 27 de enero de 2010

Realismo y compromiso frente a la crisis

Como cada día, también esta mañana me ha despertado la radio. Y lo ha hecho la cadena SER en la voz, no identificada por mí, de uno de los participantes en la tertulia de las ocho. Se lamentaba éste de lo mal que nos trata el FMI en sus vaticinios pesimistas sobre la marcha de la economía española. Nada nuevo. Estamos acostumbrados a las quejas y desmentidos de distintos miembros del gobierno, o de sus apoyos, cada vez que cualquier organismo hace un análisis crítico o un pronóstico poco favorable sobre la evolución económica de nuestro país. Ya lo venimos viendo desde que pronosticaban la crisis y nuestro gobierno la negaba de manera sistemática. De manera también sistemática los hechos venían a confirmar los pronósticos sin que nuestros gobernantes se ruborizaran. Pero para eso están las hemerotecas. Y, para comparar, los datos incontestables de la crisis que vivimos.

Ahora, cuando las economías de algunos países como China o la India han empezado a crecer a un ritmo acelerado, cuando algunos países de nuestro entorno han cerrado su etapa recesiva y los expertos del FMI pronostican un crecimiento suave para ellos en 2010, resulta que afirman de paso que España seguirá en recesión. Algo muy grave, porque significa que el paro seguirá creciendo en un país en el que alcanza ya el 20 por ciento. Y lo que es peor: el gasto público seguirá aumentando, y con él el endeudamiento, en un país que ya está seriamente endeudado. No es de extrañar que, desde el foro económico mundial de Davos, actualmente reunido, Nouriel Roubini, considerado uno de los gurús mas reputados del Foro, que predijo en su día la crisis financiera, haya afirmado que la marcha de la economía española se ha convertido para la eurozona en un peligro potencial mayor que el que está suponiendo ya la marcha de la economía griega. Mientras tanto, hoy un ministro y mañana otro, siguen hablándonos de “brotes verdes” y de signos de esperanza. Y lo podemos entender, aunque sólo sea como un intento bienintencionado de recuperar la confianza de los ciudadanos y de evitar un desánimo que pudiera resultar paralizante.

Lo que no podemos entender es esa especie de indolencia, esa aparente incapacidad para coger el toro por los cuernos y afrontar la crisis sin demagogias, sin andar diciendo sistemáticamente a la gente lo que quiere oír, y tomando decisiones coherentes, incluso si son impopulares a corto plazo. Lo que no podemos entender es que, a estas alturas de la película nuestros gobernantes y la oposición en la parte que la toca, no hayan sido capaces de asumir el compromiso de llegar a acuerdos que sobrepasen los intereses de partido y remangarse juntos para hacer frente a una crisis que, lamentablemente, está poniendo en serio riesgo el futuro a corto y medio plazo de millones de personas.

Curiosamente el mismo “tertuliano” de referencia, haciendo un salto lógico de difícil explicación, y aprovechando que se ha extrenado o está a punto de hacerlo Invictus, una película que reivindica la figura de Mandela en la evolución de un estado racista a un estado de convivencia democrática multirracial, decía no entender el “maltrato” del FMI a un país como España cuya transición democrática, basada en mirar hacia adelante sin rencor, fue según algunos tertimonios relevantes, un modelo de referencia para el propio Mandela. Por cierto, que no veo el sentido de la relación que se pretende establecer entre una y otra cosa. Pero, puesto que el autor la utilizaba, y puesto que me ha servido a mí como pretexto para esta entrada, voy a permitirme decir algo al respecto, que sí tiene relación.

Lo mismo que ahora, en la época de la transición el país atravesaba una profunda crisis económica, con unos índices de inflación y de paro abrumadores. Había que hacer frente además a una cambio político difícil en medio de resistencias tremendas de sectores reaccionarios y de las lógicas exigencias de partidos y sindicatos ilegalizados y perseguidos por el franquismo. Y, por si fuera poco, había que hacerlo en un clima especialmente tensionado por la violencia terrorista de ETA y de los Grapos. ¿Por qué fue posible salir del atolladero? Entre otras cosas porque los gobernantes de la época, con Suárez a la cabeza (hay que reconocerle su indudable mérito) fueron capaces de trazar un plan y de fajarse para cumplirlo sin demagogia. Y también porque los partidos políticos y los sindicatos, encabezados por personajes de una talla política y de una capacidad para el diálogo y el acuerdo que hoy echamos de menos, fueron capaces de pactar política y económicamente (recordar los Pactos de la Moncloa) para , dejando de lado cada uno su programa de máximos, establecer un marco de acción compartido, a gestionar por el gobierno y a vigilar por los demás. Sólo así pudo hacerse la transición y sólo así pudo hacerse frente a la crisis económica.

Y sin embargo, ¿qué hacen hoy nuestros políticos en el poder o en la oposición que se parezca en algo a lo que fueron capaces de hacer nuestros políticos de aquellos días? Lamentablemente nada o casi nada. Ellos y todos los que se lo permitimos deben/debemos asumir la responsabilidad de lo que nos está ocurriendo. Demandémoselo, y demandemonoslo en la parte que nos toca, en lugar de buscar explicaciones en una imaginaria inquina de los organismos que dan cuenta de nuestra situación. Es posible que los pronósticos del FMI no se confirmen al 100 por cien, pero me temo que se aproximan más a la realidad que la visión a la defensiva de nuestro gobierno.

Y bien que lo siento. Buenas tardes y hasta la próxima.




miércoles, 6 de enero de 2010

Entre la nostalgia y la esperanza

Afortunadamente quedan todavía algunos veteranos políticos, como José Bono, que intentan poner un poco de sensatez y de cordura en el funcionamiento de nuestro sistema político; un sistema en el que predominan de una forma exagerada los intereses de partido por encima de los intereses generales. Esta circunstancia, de por sí deplorable, se ve agravada por un hecho que resulta particularmente deprimente: cada vez de manera más manifiesta la élite de nuestros políticos está reclutada entre aquellos cuyo mérito principal ha sido una militancia temprana y una fidelidad al grupo rayana con el servilismo. No puede ser de otra forma en unos partidos en que la discrepancia se considera una traición y convierte inevitablemente a los discrepantes en candidatos al ostracismo, cuando no a la expulsión. ¿Cómo no va a ser así si la posibilidad de medro político depende más de la mirada de los dirigentes del partido, que deciden unas listas electorales cerradas y bloqueadas, que de la consideración que a los ciudadanos les merezca la categoría personal y la actuación de cada candidato?. Se entiende así que los electos de cada partido estén más atentos a seguir religiosamente las instrucciones y las consignas de quienes los han puesto en sus listas, y de quienes depende que vuelvan a figurar en las mismas, que de estar atentos a defender los intereses genuinos de sus representados, cuando éstos no son del todo coincidentes con aquéllos.

Hace unos días, en una conversación de café con una juez de pensamiento progresista, coincidíamos los dos en sentir una cierta nostalgia por aquellos tiempos de la transición y por las primeras legislaturas de la democracia en las que nuestros políticos, o al menos una parte muy significativa de los mismos, eran personas que procedían de otros campos de actividad en los que se habían ganado reconocimiento y prestigio. Para ellos la dedicación a la política fue más un servicio que un recurso y, por ello, pudieron sentirse más libres, aun militando en partidos, para pensar por sí mismos, para disentir dentro del partido, para fraguar pactos con otros partidos y, en definitiva, para estar más atentos a las necesidades del momento y a las preocupaciones de los ciudadanos que a los intereses partidarios.

Ello fue así, a pesar de que entonces también las listas electorales eran como ahora cerradas y bloqueadas, porque los partidos no tenían apenas recorrido, porque los que habían sido militantes de algunos de ellos en la clandestinidad lo habían sido en circunstancias difíciles y asumiendo riesgos sin garantía de obtener prebendas. Ello fue así también porque los partidos emergentes necesitaban presentar candidatos con una trayectoria anterior que los hiciera reconocibles y fiables ante el electorado. Entonces necesitaban figuras de prestigio que los prestigiasen, que les dieran lustre, para intentar ganarse así la confianza de los ciudadanos. Hoy son los partidos, ya instalados en el poder, ya en la oposición, los que dan a conocer o no, promocionan o no, a sus posibles candidatos según el grado de adhesión a los líderes, la antigüedad y disciplina en la militancia y, a niveles más altos, la imagen mediática y la capacidad para la seducción de las masas. Tenemos como resultado que muchos de los líderes actuales de los partidos son personajes cuya única actividad profesional conocida es la de su militancia fiel al partido desde edades tempranas. Algunos de ellos tienen la política como única profesión reconocible y su dependencia de la fidelidad acrítica, casi fanática, al partido -no a los ciudadanos que lo eligen- es total. Así ha de ser si es que quieren medrar políticamente.

Por eso resulta refrescante que un veterano político, como José Bono, actual presidente del Congreso de los Diputados, se manifieste partidario de una reforma de la Ley Electoral “no para castigar a los nacionalistas o para beneficiar a los comunistas, sino para acercar a los electores y elegidos”. Precisamente para este fin afirma que “sería conveniente que las cúpulas de los partidos redujeran el poder que tienen en materia electoral”. Y lo justifica diciendo que “el día en que los políticos sepamos que nuestras actas dependen más de los electores que de las cúpulas de los partidos, habremos dado un paso importante para prestigiar la llamada clase política”.

Aunque Bono no llegue a concluirlo y se limite a hablar de un sistema que potencie distritos uninominales (en lo que quedaría de manifiesto el grado de reconocimiento de los ciudadanos a personas concretas), parece que la conclusión más lógica nos llevaría a la presentación de listas abiertas en las que se pudiera votar a personas concretas independientemente del partido que las proponga y del lugar de la lista en el que los partidos las coloquen. Ya se cuidarían así los partidos de ofrecernos candidatos que pudieran merecer la confianza y el reconocimiento de los electores. Pero claro, parece que esto no termina de gustar a los muchos políticos de medio pelo que pululan por nuestras instituciones y que contemplan en la dedicación política la mejor fuente a su alcance para el medro económico y social. Con este panorama ¿cómo extrañarnos de la proliferación de políticos corruptos?. ¿Cómo extrañarnos de que muchos se dediquen a enriquecerse personalmente utilizando sus cargos públicos en beneficio propio en lugar de considerarlos un servicio a la ciudadanía?.

No es seguro que un cambio en la legislación electoral vaya a librarnos de la existencia de políticos mediocres y corruptos, pero podría contribuir a disminuir su número y daría a los ciudadanos mejores oportunidades de mandarlos a su casa: con nombres y apellidos. No es que tenga mucha confianza en que así sea, pero estamos al comienzo de un nuevo año y no quiero ni refugiarme en la nostalgia ni poner límites estrechos a la esperanza.

Feliz año nuevo



jueves, 10 de diciembre de 2009

Bravo por Sarkozy y Brown

En un artículo firmado en común en 'The Wall Street Journal', los primeros ministros de Francia y el Reino Unido han manifestado que "sencillamente no es aceptable" que, cuando se producen las crisis, los contribuyentes sean los paganos mientras que cuando se recupera la economía se beneficien únicamente los accionistas y empleados de los bancos.

Los dos dirigentes han calificado de "prioritario" aplicar un impuesto extraordinario a las primas bancarias "dado que las primas correspondientes al año 2009 se han elevado gracias al apoyo gubernamental al sistema bancario". Afirman asimismo que se ha descubierto “que una red global enorme y opaca, basada en productos complejos, cálculos a corto plazo y remuneraciones con demasiada frecuencia excesivas, ha creado riesgos que muy poca gente entendía". Y proponen, en consecuencia, un cambio en la normativa europea para evitar estos desaguisados.

Actuando de forma coherente con estas ideas el Reino Unido acaba de dar un paso importante para poner coto a la desvergüenza con que los directivos de la banca se han asignado retribuciones escandalosas en forma de primas y bonos. Me refiero al recién aprobado impuesto conocido como “supertasa”, que grabará a los bancos con un 50% del dinero que destinen a primas de sus empleados.

Los dirigentes de los bancos ya han comenzado a poner el grito en el cielo, dando muestras una vez más de un comportamiento cínico, arrogante e insolidario. Después de incurrir en unas prácticas intolerables con las que obtenían primas escandalosas, mientras ponían en riesgo la economía mundial y de paso el empleo de millones de trabajadores; después de hacer endeudarse a los gobiernos para salir en su ayuda y evitar el colapso general, encantados de haberse conocido, pretenden seguir premiándose a sí mismos de forma descarada y sin control, como si aquí no hubiera ocurrido nada.

Por eso no puedo menos que alegrarme de que dos primeros ministros de distinto signo político como Brown y Sarkozy sean capaces de ponerse de acuerdo para intentar poner coto a estos vampiros de cuello blanco. Bravo por ellos.

Buenos días y hasta la próxima.



lunes, 9 de noviembre de 2009

Los banqueros y el trabajo de Dios

¿Quién ha dicho que los banqueros son tiburones sin alma? ¿A quién se le ha ocurrido presentarlos como vampiros, chupadores insaciables de la sangre de aquellos a quienes el sistema convierte en víctimas propiciatorias de su voracidad (o sea, casi todos)? ¿Quiénes osan todavía condenarlos como responsables de todos los males? Sólo la ignorancia y la falta de perspectiva podrían justificar un juicio tan poco fundamentado y tan injusto para estos grandes y nunca bien ponderados benefactores de la humanidad.

Que se lo pregunten si no a Lloyd Blankfein, gran jefe de Goldman Sachs, uno de los grandes bancos norteamericanos. El angelito -y nunca mejor dicho- acaba de reivindicar para si mismo y para el resto de los grandes banqueros la condición de trabajadores de la causa de Dios y de protagonistas no suficientemente valorados de una alta misión social. Según este ilustre personaje, son los banqueros quienes ayudan a las empresas a crecer, porque les ayudan a conseguir capital y a generar riqueza y empleo. En consecuencia todos deberíamos alegrarnos con los buenos resultados de sus bancos, puesto que esto es un indicio de recuperación de la economía.

Reconozco que hasta ahora no me lo había planteado en estos términos, probablemente por una injustificable falta de rigor. Como consecuencia he cometido una tremenda injusticia con estos grandes prohombres de la banca. He sido un desagradecido. ¡Y mira que me insistieron en casa desde niño en aquello de que “ser agradecidos es ser bien nacidos”!. Resulta pues que me miro en el espejo de mi pasado y veo la imagen de un malnacido.

Profundamente afectado por esa imagen y compungido por la injusticia cometida quiero hoy hacer un acto de desagravio, expresar mi más profundo arrepentimiento y dar las gracias a estos infatigables y generosos trabajadores de Dios.

En lo personal quiero expresar mi agradecimiento por haberme permitido en su día la compra de mi casa antes de haber podido ahorrar lo suficiente para hacerlo. No importa que me llegarais a cobrar intereses superiores al 20% anual. Era justo, claro. De alguna manera teníais que obtener los recursos para compensar vuestros cualificados servicios sociales. También podría agradeceros que gestionarais entretanto mis escasos ahorros, a cambio de pagarme un interés. Ridículo, eso sí, pero tampoco vamos a ponernos exigentes con vosotros dada vuestra alta misión social.

Más allá de lo personal, quiero agradecer que vuestro trabajo especulativo nos haya dado a todos nosotros la oportunidad de vivir una crisis económica única. No todo el mundo tiene en su vida la oportunidad de vivir situaciones nuevas de esta envergadura. Tenemos suerte porque además esto nos ha servido para comprobar hasta que punto dependemos de vosotros, trabajadores sociales de Dios. Hasta el absurdo punto de que el sistema haya tenido que acudir al rescate y premiar, con fondos públicos, vuestra irresponsabilidad .

Quiero agradeceros también el hecho de que sigáis cuidandoos, de que sigáis estimulando vuestro trabajo social de servidores cualificados de Dios repartiéndoos entre vosotros primas y bonus de escándalo, mientras infinidad de pequeñas empresas se vienen abajo, el desempleo aumenta y se extienden los efectos de la crisis a capas cada vez más amplias de la población. No importa, siempre quedareis vosotros ahí para sacarnos del atolladero. Y ahora que, con el apoyo público, habéis vuelto a tener beneficios, no vamos a molestarnos porque os premieis por ello. Como dice el citado Lloyd Blankfein, todos tendríamos que estar contentos. Al fin y al cabo es un brote verde, “un signo de recuperación”. Por lo menos la vuestra, si es que alguna vez personalmente habéis dejado de nadar en la abundancia; que lo dudo.

Y ahora, expresado mi agradecimiento, un poco liberado de mi imagen de malnacido, y antes de que me deis la absolución, permitidme una pequeña expansión: “Banqueros del mundo, aplicadísimos trabajadores sociales de Dios: vamos a aceptar que las cosas hayan discurrido de tal modo que os hayais hecho imprescindibles para el funcionamiento del sistema, pero no pretendais encima seguir tomándonos el pelo. Iros a freir espárragos”.

Nada más por hoy. Hasta la próxima.


jueves, 22 de octubre de 2009

Albricias: los Albertos nos perdonan la vida

En la última entrada de este blog me refería a la demanda presentada contra el Estado por los Albertos reclamando una indemnización de 4,6 millones de euros por daños morales y económicos causados por una condena por estafa en el caso Urbanor. Una condena que fue revocada por el tribunal constitucional, no porque la estafa no estuviera probada, sino porque el delito había prescrito como producto de una lentitud intolerable de la actuación de la justicia . Hace falta ser desvergonzadamente cínicos, para sobre la base de una sentencia de prescripción como ésta, por otra parte parece que basada en la interpretación de la ley más favorable a sus intereses, tener la cara de hacerse encima los ofendidos.

Pues bien, parece que ahora han decidido perdonarnos la vida y, en una nota emitida anoche, nos comunican que renuncian a la demanda y proponen como explicación la milonga de que lo hacen porque quieren tener en cuenta la situación económica general y la de las finanzas del Estado en particular. O sea que tú y yo hemos de estarles encima agradecidos. Así que, queridos Albertos, no voy a ser yo quien corra el riesgo de que me considereis un mal nacido.

Gracias por ser unos magníficos y reconocidos estafadores. Gracias por saber aprovechar todos los recovecos y las dilaciones de una justicia desesperadamente lenta para salir indemnes, sin ir a la cárcel y quedándoos la pasta. Gracias por pretender haceros encima los ofendidos y que os paguemos por ello. Y gracias, generosos, por ser buenos y terminar perdonando la vida al estado y, con él a todos nosotros. Ah, y perdón por lo que os hemos hecho sufrir.

Buenas tardes y buen humor.

miércoles, 7 de octubre de 2009

No al recorte del presupuesto para I+D


En esta entrada me limito a dar cuenta y pedir el apoyo al Manifiesto hecho por la Federación de Jóvenes Investigadores, como protesta por la reducción del presupuesto de I+D+I para el año 2010. No se puede aceptar resignadamente que, después de llenarse la boca con la reivindicación de un nuevo modelo de desarrollo económico sostenible sobre la base de la innovación y el avance tecnológico, que podría resultar fundamental para la salida de la crisis, se actúe justo en el sentido contrario a la hora de asignar recursos. y eso después de haber asegurado que de ninguna manera iba a ser así. Aquí está el manifiesto, que suscribo en lo esencial


Echadle un vistazo al manifiesto por la investigación, merece la pena.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Esto sí que es un buen plan de pensiones

CINCUENTA Y DOS millones de euros reserva el BBVA para suavizar a J.I. Goirigolzarri el disgusto por su cese como consejero delegado. Si,si: 52 kilos del ala; es decir, algo más de OCHO MIL SEISCIENTOS CINCUENTA millones de las antiguas pesetas!!! Un buen plan de pensiones por el que se le garantiza unos ingresos de tres millones de euros al año con carácter vitalicio. Y, por si fallece, a su seguramente necesitada hipotética viuda se le mantendrá una buena parte de esa remuneración. Y mientras tanto el G20, que tan generosa , rápida y eficazmente se aplicó para salir al paso de la crisis financiera, provocada en gran parte por una gestión temeraria y especulativa de los grandes tiburones de la banca (premiada además con bonus e indemnizaciones escandalosas), anda ahora remiso, timorato y, en todo caso lento, a la hora de proponer una legislación que induzca y regule una gestión de las entidades financieras más responsable, menos especulativa y, desde luego más exigente y menos desmedidamente generosa con sus gestores de alto rango. Es lo menos que se puede exigir a unas entidades a las que se ha tenido que ayudar generosamente con dinero público para evitar la ruina del sistema. Y no vale decir que el BBVA ha sido de los que menos han necesitado esta ayuda. No se trata aquí tanto de una cuestión cuantitativa, sino cualitativa.


El asunto llama mucho más la atención en un momento de crisis, y particularmente de crisis financiera, en que la banca está especialmente cicatera en la concesión de créditos a empresas, en particular las pequeñas y medianas, que dependen para su pervivencia de la posibilidad de realizar inversiones que les permitan mejorar su capacidad de adaptación a las exigencias de la competencia en un mercado cada vez más abierto y fluido. ¿Cuántos créditos a pequeñas empresas a punto de ahogarse podrían servir para rescatarlas de su crisis con esos 52 millones de euros? ¿Cuántos puestos de trabajo se podrían salvar o rescatar dándoles otro destino?. Pero en fin, ¿quién ha dicho que eso sea más importante que asegurar la pingüe pensión vitalicia del ciudadano Goirigolzarri?.


Qué más da si las flacas pensiones mínimas apenas garantizan la supervivencia de quienes las perciben! Qué más da si hay trabajadores en paro de larga duración que han de conformarse (y menos mal) con la limosna recientemente aprobada de los 420 euros al mes! Qué más da si los mileuristas de turno no pueden, aunque tal vez lo quisieran, abrir un plan de pensiones complementario por si llega un momento en que se deteriora el sistema público de pensiones! Qué importa si estos prohombres de la gran banca, tan generosamente pagados en sus años de actividad, han acumulado grandes fortunas, que, bien administradas garantizarían el futuro de sus hijos y nietos! ¡Qué importa!. Lo que en realidad parece que cuenta es preservar el interés personal de estos individuos que se cuidan muy bien de protegerse entre sí y con los que el poder político no quiere, no puede o no se atreve a entrar en conflicto.


Alguien podría tener la tentación de pensar que tampoco es para tanto si lo comparamos con los contratos que suscriben algunos deportistas de élite. Y, en alguna forma podríamos estar de acuerdo, pero, sin que sirva de precedente, por esta vez coincido con Pedrojota en su reflexión de hoy de “El Mundo en dos minutos”. Al menos a estos deportistas, viene a decir Pedrojota, se les paga por una actividad que hacen muy bien. Y que además, añado yo, a muchos nos entretiene y nos distrae de las preocupaciones del día a día. En cambio a J.I. Goirigolzarri, sigue Pedrojota, se le va a pagar generosamente para que se vaya a su casa, en el mejor de los supuestos premiándole por una buena gestión. Claro que, digo yo, hay que ser muy generosos, a la vista de lo que ha ocurrido recientemente con la gran banca, para que concedamos tan ingenuamente el beneficio de la duda.


Buenos días y buen ánimo pese a todo