miércoles, 21 de octubre de 2009

Si no fuera de pena ….

….. Sería de traca. Sujeto: Este país. Basta echar cada día una mirada ligera a la prensa para comprobarlo. Me limitaré a constatarlo con unos breves a título de muestra. Todos ellos son noticia hoy mismo.


El juzgado de instrucción nº 30 de Barcelona deja libre a Felix Millet

Para quien no lo recuerde o no lo sepa, Felix Millet es un personaje de la buena sociedad catalana, expresidente del Palau de la Música, que fue galardonado por Jordi Pujol en 1999 con la Cruz de Sant Jordi, una alta distinción de la Generalitat, “por su papel decisivo en la dinamización de las actividades del Palau”. Claro que, de paso, aprovechó para desviar, para uso propio, algunos millones de euros de las cuentas del Palau (naderías).

Pues bien, a este “altruista” benefactor de la cultura catalana el juzgado de referencia lo deja en libertad sin fianza alegando que no existe ningún “dato objetivo concreto” que indique la posibilidad de fuga. Alega que, pudiendo haberlo hecho después del registro del Palau, no lo hizo. Estupendo. Puesto que hasta ahora no lo ha hecho, démosle una nueva oportunidad.

Pregunta: ¿cuántos de los presos que están en la cárcel a la espera de juicio y que no pertenecen a la buena sociedad, catalana, madrileña o la que sea, podrían gozar y no gozan de la misma presunción? Y si no se aplica el mismo criterio, ¿cómo podemos presumir de vivir en un estado de derecho?. A no ser que aceptemos que en un estado de derecho valga decir que “todos somos iguales ante la ley, pero algunos son más iguales que otros”. Lamentable.

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Cortina y Alcocer reclaman al Estado 4,6 millones por “daños morales”

Si no estuvieramos acostumbrados a que cualquier sorpresa recibida hoy, por enorme que sea, puede ser superada mañana por otra mayor, diríamos que es prácticamente imposible imaginar más desvergüenza. Estamos hablando de los archifamosos Albertos, esos señores, en este caso de la “jet económica”, que fueron condenados en 2003 por el Tribunal Supremo como responsables de una estafa de 25 millones de euros a los socios minoritarios de Urbanor, propietaria del solar donde se contruyeron después las torres Kio. Su defensa apeló al Tribunal Constitucional y, entre su pericia generosamente pagada (faltaría más) y algún resquicio legal que resulta insoportable imaginar, consiguió que el citado tribunal, modificando su propia jurisprudencia sobre la prescripción de este tipo de delitos, anulara la sentencia en 2008.

Increíble y lamentable que así fuera y habría que pedir por ello cuentas, quizás a parte iguales, a los que hacen las leyes y a los que las aplican. Las mismas leyes se pueden interpretar de forma más o menos amplia, más o menos restrictiva y, por lo que se ve, existe en este país una irreprimible tendencia a ser particularmente bondadosos en la aplicación a los poderosos.

Claro que, si lo anterior es lamentable, la reclamación de los ínclitos Albertos es simple y llanamente una tremenda e insoportable desfachatez. No les basta con haberse llevado la pasta. No tienen suficiente con haber salido inmunes del castigo que debía habérseles aplicado. Quieren además tomarnos el pelo reclamando al Estado -es decir, a nosotros, a todos los ciudadanos- 4,6 millones de euros como compensación, pobrecillos ellos, por el perjuicio “moral” y “económico”(?) que su procesamiento les ha ocasionado. ¿Será posible semejante cara dura? ¿Cabe imaginar mayor desvergüenza? Me temo que estas preguntas no son más que preguntas puramente retóricas ya que, aunque mi primera tentación es contestar negativamente, viviendo en este país de traca, no me sorprendería que mañana nos despertáramos con otra de lo mismo y, como decíamos en mi pueblo, incluso con “copete”.

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El PNV no acudirá a la fiesta de los 30 años de Estatuto, o de desagradecidos está el mundo lleno

Muchos de los que vivimos una buena parte de nuestra vida bajo el régimen franquista, de carácter absolutamente centralista y agresivo con cualquier manifestación nacionalista, hasta considerar delito la colocación de la ikurriña y perseguir cualquier manifestación reivindicativa de los nacionalismos periféricos, desde la utilización de la lengua propia al simple uso de instrumentos musicales autóctonos, supimos muy bien en su día, y seguimos siendo conscientes hoy, del avance que supuso y supone el Estatuto de Gernika como instrumento útil para avanzar, mucho más allá de lo imaginable entonces, en el autogobierno y en el cultivo y desarrollo de la lengua y cultura propias. Por no hablar de los poderosos resortes para una gestión autónoma de la economía cuyos resultados han sido razonablemente positivos incluso en las situaciones más difíciles y complicadas.

Claro que, a pesar de todo, se puede aspirar a más, y está claro que el horizonte final de los partidos nacionalistas, incluído al menos un sector del PNV, tiene como aspiración última la creación de un estado propio. Aún así, me resulta de todo punto icomprensible que el PNV, que conoce mejor que nadie lo que de verdad ha supuesto de avance para el País Vasco este Estatuto y que, en virtud del mismo, ha estado gobernando tanto tiempo este País, tanto en el Gobierno Vasco como en Diputaciones y Ayuntamientos, por no se que razones sobre las que no quiero especular, sea incapaz de reconocer el valor que para la sociedad vasca en su conjunto ha tenido y sigue teniendo el Estatuto de Gernika, incluso si estima que puede ser mejorado. Es más, incluso si aspira a que en el futuro el Estatuto de Autonomía sea sustituído por la independencia. A cada uno ha de dársele lo que se le debe y, en mi opinión, no creo que sea precisamente el PNV de los que menos debe al Estatuto. Claro que de desagradecidos está el mundo lleno.


Pues eso. Que si no fuera de pena .... sería de traca

Buenos días y hasta la próxima

lunes, 19 de octubre de 2009

Sí, pero son nuestros gamberros

Cuando era niño, desafortunadamente ya hace muchos años, vivía yo en mi pequeño pueblo natal, justo al lado de otro pueblo, también pequeño, pero algo más grande y con más servicios que el mío. No obstante, mis amigos y yo, aun en contra de toda evidencia, estábamos completamente convencidos de que nuestro pueblo era mejor y sobre todo de que todas sus gentes, incluidos por supuesto nosotros, eramos mejores, más fuertes uno a uno, más elegantes, más educados y, sobre todo, más listos. Entendíamos que nuestras costumbres eran más refinadas, nuestros modales más cuidados y nuestro lenguaje más elegante y menos contaminado de dejes pueblerinos. Claro que lo mismo pensaban ellos, pero a la inversa, cuando se comparaban con nosotros. Con el agravante de que el médico, el veterinario y el cura, todos ellos compartidos, vivían en su pueblo.

Que lo pensáramos y reivindicáramos así los peques, desde nuestra mentalidad primariamente infantil, tenía un pase. Pero es que esa era la manera de pensar y de expresarse también de muchos adultos. Y eso ya es un síntoma bastante claro de cómo a menudo en estas cuestiones se impone el sentimiento al raciocinio. Lo cual, al fin y al cabo, no sería demasiado peligroso si no degenerara en conflictos y peleas más o menos serias entre niños y entre adultos. Pero yo recuerdo peleas a “cantazos” o a cuerpo limpio de mi cuadrilla con otra del pueblo de al lado, y recuerdo también peleas de mayores de un pueblo contra los del otro por los motivos más irrelevantes, especialmente en las fiestas, cuando al sentimiento de pertenencia a la tribu se unían los efectos del alcohol. Y recuerdo también que en cada pueblo había también algunos personajes especialmente dotados para la gamberrada y la pendencia (más en el pueblo de al lado, pero sólo por una cuestión puramente estadística). Ellos eran lo que normalmente hacían las gamberradas más dañinas para los de enfrente y los que provocaban todas las peleas. Y siempre había quienes, en cada pueblo, se regocijaban con el éxito de los propios en las peleas y reían sus gamberradas. Al fin y al cabo, aun reconociendo su carácter gamberro y pendenciero, se trataba de sus gamberros. Por lo que a mi toca muy pronto aprendí que las gentes de mi pueblo no eran ni más ni menos guapas e inteligentes que las de otros pueblos, que los pendencieros de mi pueblo eran tan estúpidamente pendencieros como los del pueblo de al lado y que los gamberros de mi pueblo merecían en su caso exactamente el mismo desprecio que los del pueblo vecino.

Salvando las distancias, esta especie de sentimiento patriótico de pueblo, esta especie de nacionalismo local vinculado al afecto y la reivindicación de la propia tribu, resulta comparable con el sentimiento nacionalista de identificación y de reivindicación de la tribu en ámbitos más amplios, con niveles y grados diferentes de inclusión o exclusión-animadversión, respecto a otras “tribus”. Y aquí entramos de lleno en la reflexión sobre el sentimiento nacional y los nacionalismos de distinto género, más o menos integradores, más o menos compatibles o excluyentes en relación con otros nacionalismos, incluso si éstos no se reconocen a sí mismos como tales.

Mi punto de vista sobre esta cuestión es que todo nacionalismo, que tiene en su origen un sentimiento muy razonable de aprecio y valoración de lo propio, corre el riesgo de degenerar en un insufrible y agresivo narcisismo cuando no se contrapesa debidamente por la razón, cuando el amor a lo propio se acompaña del desprecio de lo ajeno y se abona con el odio. Es la existencia de ese componente de odio, que tan a menudo utilizan como catalizador los representantes más siniestros de los distintos tipos de nacionalismo, lo que termina por hacerlos a ellos despreciables. Hitler reivindicaba para sí el renacimiento del orgullo de la nación alemana frente a las otras potencias europeas y a las “sanguijuelas judías”. Franco reivindica para sí la defensa de la nación española y se constituye en líder del “bando nacional” frente a a los “nacionalismos separatistas” y en contra de la “contaminación internacionalista”. Uno y otro no parecen tener ningún escrúpulo en provocar la destrucción y la muerte en nombre de la supuesta defensa de la nación alemana y española contra enemigos supuestos o reales y, en todo caso, convenientemente manipulados para que puedan ser objetivo justificable de cualquier agresión. Por su parte, los nacionalismos denominados periféricos, que han surgido históricamente al amparo de la reivindicación plausible de una lengua y una cultura propias en el marco de estados plurinacionales, -no siempre respetuosos con sus particularidades y en ocasiones claramente beligerantes contra ellas-, han crecido y se han desarrollado con frecuencia al amparo de un victimismo, no siempre justificado, y alimentados por el odio a los estados correspondientes sembrado con notable eficacia por los elementos menos templados y más tocados por el odio a quienes definen como opresores y contra quienes cualquier método de lucha es lícito.

Si en algo se parecen los dos tipos de nacionalismo descritos, aparte de la tendencia común a exaltar las excelencias de la propia tribu frente y por encima de los valores y derechos de las demás, es en la tendencia a dar por bueno cualquier método que permita avanzar hacia el logro de las propias aspiraciones, sea ésta la defensa de “unidad de la nación española”, o sea la consecución de “un estado vasco independiente”. Claro que no todos tienen el mismo nivel de tolerancia a cualquier método. Y entre los distintos posibles unos optan por el uso exclusivo de los pacíficos y democráticos, otros por la lucha callejera, otros por la extorsión, el asesinato y el terror y otros por una combinación simultánea o sucesiva de todos ellos, en ocasiones deliberadamente imprecisa, según convenga al momento.

Sin menospreciar el valor que sin duda tienen en el devenir de nuestra vida personal y comunitaria los sentimientos individuales de identidad y las aspiraciones colectivas, la clave de la superación de las derivaciones indeseables de los nacionalismos de cualquier género está en la compensación de los excesos del sentimiento con la mesura de la razón. Sólo ella nos permitirá descubrir que, junto a algunas virtudes, nuestra tribu también tiene defectos. Sólo ella nos permitirá descubrir que la tribu de enfrente, junto a algunos defectos , es también portadora de innegables virtudes. Sólo ella nos permitirá identificar y censurar como gamberros también a nuestros gamberros. Sólo ella nos permitirá reconocer en la tribu de enfrente la presencia de elementos valiosos, compatibles o complementarios con los nuestros, con indudable virtualidad para hacer factible y estimular una convivencia pacífica y creadora, sin que una tribu termine por anular o destruir a la otra.

Por hablar todavía más claro. Sólo si la razón tempera el sentimiento será posible en nuestro país (me refiero al País Vasco y me refiero a España en su conjunto) una relación constructiva entre quienes tenemos/tienen diferentes sentimientos de pertenencia: los que se sienten solo vascos, catalanes, gallegos o castellanos (que también los habrá, digo yo), los que se sienten sólo españoles, sean del lugar que sean, y los que no encuentran ningún problema en sentirse tanto lo uno como lo otro. Sólo si la razón tempera el sentimiento será posible para los nacionalistas españoles (reconocidos o no como tales) asumir con naturalidad y ánimo de concordia la existencia de los nacionalismos periféricos, siempre, claro está, que la razón tempere también el sentimiento de los nacionalistas periféricos a la hora de elegir los métodos para tratar de lograr sus aspiraciones.

Diré más. Sólo si la razón atempera el sentimiento, el nacionalismo español no meterá en el mismo saco a todos los grupos nacionalistas de los nacionalismos periféricos, a pesar de que algunos elementos aislados, incluso de los más moderados, puedan con algunas de sus actitudes o manifestaciones favorecer tal simplificación. Sólo si la razón atempera el sentimiento, los nacionalismos periféricos podrán dejar de ver al Estado central como el enemigo a combatir o del que, eventualmente, sacar partido (todo vale en beneficio de la patria). Sólo si la razón atempera el sentimiento no se dudará en llamar gamberros a los gamberros, chantajistas a quienes dicen cobrar el “impuesto revolucionario”, y asesinos a los asesinos, por más que estos pertenezcan a la propia tribu. Sólo si la razón atempera el sentimiento podrán reconocer en sí mismos algún tipo de veta nacionalista incluso los que se manifiestan furibundamente antinacionalistas. Sólo si, sin menospreciar el sentimiento, somos todos capaces de ponerle límites, dejando un espacio amplio a la razón, seremos capaces de abrir el campo a una convivencia pacífica, respetuosa y creativa.

Amén.

Buenas tardes y hasta la próxima

Contra el servilismo acrítico en los partidos políticos

Acabo de leer la carta abierta que Montserrat Nebrera ha dirigido a Mariano Rajoy en la que se despide de su militancia en el PP y tiene a la vez la decencia y el buen gusto de comunicar que pone a su disposición el escaño que obtuvo formando parte de sus listas. Un ejemplo éste de honestidad para todos aquellos que, incluso imputados por delitos graves en la gestión política y expulsados de sus partidos, se aferran al escaño de forma indecente, aunque escandalosamente legal en un sistema electoral con listas cerradas y bloqueadas.

Ya el hecho en sí llama la atención por lo decente y por lo inusual, pero lo que quiero resaltar sobre todo son las razones que la interesada esgrime para justificar su renuncia a la militancia en el partido. Unas razones que coinciden básicamente con las que yo me he venido dando a mi mismo desde los comienzos de la transición democrática para resistir cualquier tentación de militancia en un partido político independientemente de sus siglas. A veces son tan parecidos en sus comportamientos que no sorprende el acierto con el que critican los vicios del contrario. Los conocen muy bien porque son también sus propios vicios.

Para dar cuenta de la argumentación de Montserrat Nebrera sin traicionarla con interpretaciones personales, recojo textualmente una parte que me parece sustancial de su discurso:

“Me voy con la tristeza de saber que me equivoqué al pensar que era posible la reforma del sistema desde un partido político, por más que comparta gran parte de sus ideas primigenias; ahora comprendo que son demasiados los intereses que gravitan sobre las estructuras para impedirlo. Ignoro si ésos son también tus intereses; en todo caso, no son los míos. He aprendido lo que hay que hacer para "ser alguien" dentro de un partido, pero nadie que me importe entendería que me quedase donde tan pequeño objetivo determinase mi acción política”.

Difícilmente podría explicar yo mejor mis propias sensaciones cuando observo con decepción algunos comportamientos ramplones y estrechos de miras de nuestros partidos, incapaces de poner el interés colectivo por encima de sus intereses partidarios, incapaces también de buscar puntos de encuentro con el otro incluso en situaciones tan dramáticas como la actual. Claro. No vaya a ser que, por más que sea conveniente para el país, tenga repercusiones negativas en sus expectativas electorales. Al fin y al cabo eso parece ser lo que cuenta. Y no es extraño; sobre todo si tenemos en cuenta que, en el funcionamiento actual, nuestros partidos se han convertido para muchos en un campo abonado para el medro personal, para el tráfico de influencias y para un enriquecimiento impensable para muchos de ellos en otros ámbitos más exigentes.

Ya sé que también en los partidos hay muchos militantes y cargos públicos honestos con un comportamiento sacrificado, que desde sus propias ideas, entienden su trabajo como una profesión de servicio a los intereses colectivos. Pero junto a ellos proliferan, como la mala hierba, esos profesionales interesados de la política, que no han hecho otra cosa en su vida que prosperar en los partidos actuando de manera servil y acrítica con los mandos, provocando de paso el ensimismamiento, el narcisismo y el endiosamiento de los mismos. Y, de paso, su incapacidad para aceptar, pero ni siquiera para tolerar, la más mínima desafección interna. Precisamente por eso las Nebreras de turno se sienten profundamente incómodas cuando perciben desde dentro lo que pasa. Y, seguramente también por eso, muchas personas decentes, con capacidad y talento para realizar buenas aportaciones a los intereses colectivos, ni se plantean incorporarse a la acción política. Así de crudo y así de triste.

Desde la tristeza porque así sea, buenos días y hasta la próxima

sábado, 17 de octubre de 2009

La relación nos hace crecer

Probablemente la frase podría ser también de un hombre, pero seguramente no es casualidad que sea de una mujer: “La gran verdad es que el ser humano necesita del otro ser humano. Siempre. Para entender. Para avanzar” (Cayetana Guillén Cuervo). Estoy de acuerdo. En sentido contrario, cuando nos aislamos, cuando nos encerramos en nosotros mismos, cuando los asuntos de los otros dejan de interesarnos, perdemos la capacidad para descubrirlos, para entenderlos, para empatizar con ellos. Y de paso perdemos también la capacidad para avanzar, para crecer, para reconstruirnos cada día en la relación con los otros.


Probablemente si cada uno hace un análisis de su propia trayectoria vital, encontrará evidencias significativas en positivo y en negativo. Pero, por si la introspección no fuera suficiente, me permito referirme a la experiencia que hoy describe en una entrevista otra mujer, la reciente ganadora del premio Planeta, Ángeles Caso. Reconoce abiertamente que la historia que relata en su novela Contra el viento, es una historia prestada por Sao, una caboverdiana, cuya dura peripecia vital es la base del argumento. Confiesa la autora que ha aprendido mucho de Sao y de otras caboverdianas que la han ayudado a criar a su hija, que el descubrimiento de la dureza de sus vidas y también, pese a todo, de su valentía y alegría de vivir, le han hecho percibir de otra forma y relativizar los problemas propios (a veces quejas de señoritos), sentirse una privilegiada y “dejar de preocuparse de sus arrugas”. Por cierto, la escritora, tal como la prometió, piensa compartir el premio con la protagonista. Eso también es avanzar y crecer con el otro.


Dudaba si hacer alguna reflexión final, pero voy a resistir la tentación. Que cada uno haga las suyas propias.


Buenos días y buen fin de semana

miércoles, 14 de octubre de 2009

La gota equivocada


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Me refiero a la gota que colma el vaso. Hablamos de política, hablamos de partidos, hablamos de corrupción política en el seno de los mismos. Y hablamos también de las motivaciones que a menudo inducen la forma de responder de los partidos ante la corrupción cuando ésta hace acto de presencia en sus filas, cosa que, por desgracia, viene ocurriendo con demasiada frecuencia en nuestro país. Bastaría con hacer una exploración somera de las hemerotecas para comprobar hasta que punto ha estado presente entre los diferentes partidos desde la instauración de la democracia. Porque de la dictadura ni hablamos.

Aunque me resulta enormemente descorazonador que importantes personajes públicos con una supuesta vocación de servicio a la comunidad (así entiendo yo la acción política), se dediquen a enriquecerse utilizando en su provecho personal -de forma impropia, cuando no delictiva- los resortes del poder, no me rasgaré las vestiduras por ello. Ni todos los políticos han entrado en política con esa vocación de servicio, ni siquiera es descartable que quienes sí lo hicieron en origen sean incapaces de resistir la tentación de tomar como botín una parte del dinero sobre el que han de tomar decisiones. Es una parte lamentable, pero real, de la condición humana contra la que, al parecer, hay muchas personas sin vacunar.

Claro que, una cosa es que existan en la vida política personajes sin escrúpulos decididos a servirse del poder para su medro y enriquecimiento personal, y otra bien distinta que los partidos políticos no establezcan mecanismos rigurosos de control para detectarlos con premura y, lo que es más importante, para mandarlos a su casa y, si procede, denunciarlos ante la justicia. Eso en lugar de que sean otros los que hayan de descubrir sus vergüenzas.

En lugar de eso nos encontramos con una tendencia de los partidos afectados, primero a intentar minimizar u ocultar, luego a defenderse alegando ser objeto de persecución por parte de otros partidos, de los medios de comunicación, e incluso de las instancias judiciales, y, en todo caso a aplazar cualquier toma de decisión mientras la justicia no se pronuncie. ¡Como si no existieran comportamientos políticos impropios, políticamente inaceptables y merecedores de repulsa colectiva, incluso sin ser delictivos! Y entretanto los ciudadanos de a pie nos vemos obligados a contemplar con desasosiego cómo pululan por la vida política personajes impresentables capaces de aceptar con todo el desparpajo que les regalen trajes, relojes y, si fuera el caso, coches deportivos; y a sus señoras alguna que otra joya o complemento de marca reconocida. ¿A santo de qué? ¿A cambio de qué? Porque sería de tontos aceptar que a uno le hacen estos regalos por su cara bonita. Y, desde luego, si así lo creyeran, tampoco sería razonable dejar que personajes tan estúpidos se ocupen de nuestros intereses colectivos.

Y voy ahora a la parte de mi reflexión que da título a esta entrada. Con motivo de los lamentables acontecimientos de corrupción en el ámbito de la Comunidad Valenciana la dirección del PP, como en su día hiciera también el PSOE con motivo de sus propios episodios de corrupción, ha adoptado esa misma fórmula manida: primero de inacción o de acción dilatoria, luego de actitudes un tanto paranoides, para finalmente, tarde y mal, agobiado por los indicios de comportamientos cuando menos irregulares, si no delictivos, y preocupado por la posible influencia negativa en elecciones futuras, intentar parchear la situación con medias tintas, sin adoptar medidas radicales. Sólo cuando Ricardo Costa, el personaje directamente afectado en esta ocasión, se insolenta y no las acepta de buen grado, sale al escenario la secretaria general del PP para asegurar que esta es la gota que colma el vaso y para anunciar el cese de Costa en sus cargos en el partido y en las cortes valencianas. Me permito modestamente corregir a la señora Cospedal para decir que el vaso de la paciencia de muchos ciudadanos con la tolerancia de los partidos a la corrupción lleva ya mucho tiempo rebosando. Y que esa gota no es precisamente la indisciplina de partido

Es todo por hoy. Buenos días y hasta otra.

miércoles, 7 de octubre de 2009

No al recorte del presupuesto para I+D


En esta entrada me limito a dar cuenta y pedir el apoyo al Manifiesto hecho por la Federación de Jóvenes Investigadores, como protesta por la reducción del presupuesto de I+D+I para el año 2010. No se puede aceptar resignadamente que, después de llenarse la boca con la reivindicación de un nuevo modelo de desarrollo económico sostenible sobre la base de la innovación y el avance tecnológico, que podría resultar fundamental para la salida de la crisis, se actúe justo en el sentido contrario a la hora de asignar recursos. y eso después de haber asegurado que de ninguna manera iba a ser así. Aquí está el manifiesto, que suscribo en lo esencial


Echadle un vistazo al manifiesto por la investigación, merece la pena.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Esto sí que es un buen plan de pensiones

CINCUENTA Y DOS millones de euros reserva el BBVA para suavizar a J.I. Goirigolzarri el disgusto por su cese como consejero delegado. Si,si: 52 kilos del ala; es decir, algo más de OCHO MIL SEISCIENTOS CINCUENTA millones de las antiguas pesetas!!! Un buen plan de pensiones por el que se le garantiza unos ingresos de tres millones de euros al año con carácter vitalicio. Y, por si fallece, a su seguramente necesitada hipotética viuda se le mantendrá una buena parte de esa remuneración. Y mientras tanto el G20, que tan generosa , rápida y eficazmente se aplicó para salir al paso de la crisis financiera, provocada en gran parte por una gestión temeraria y especulativa de los grandes tiburones de la banca (premiada además con bonus e indemnizaciones escandalosas), anda ahora remiso, timorato y, en todo caso lento, a la hora de proponer una legislación que induzca y regule una gestión de las entidades financieras más responsable, menos especulativa y, desde luego más exigente y menos desmedidamente generosa con sus gestores de alto rango. Es lo menos que se puede exigir a unas entidades a las que se ha tenido que ayudar generosamente con dinero público para evitar la ruina del sistema. Y no vale decir que el BBVA ha sido de los que menos han necesitado esta ayuda. No se trata aquí tanto de una cuestión cuantitativa, sino cualitativa.


El asunto llama mucho más la atención en un momento de crisis, y particularmente de crisis financiera, en que la banca está especialmente cicatera en la concesión de créditos a empresas, en particular las pequeñas y medianas, que dependen para su pervivencia de la posibilidad de realizar inversiones que les permitan mejorar su capacidad de adaptación a las exigencias de la competencia en un mercado cada vez más abierto y fluido. ¿Cuántos créditos a pequeñas empresas a punto de ahogarse podrían servir para rescatarlas de su crisis con esos 52 millones de euros? ¿Cuántos puestos de trabajo se podrían salvar o rescatar dándoles otro destino?. Pero en fin, ¿quién ha dicho que eso sea más importante que asegurar la pingüe pensión vitalicia del ciudadano Goirigolzarri?.


Qué más da si las flacas pensiones mínimas apenas garantizan la supervivencia de quienes las perciben! Qué más da si hay trabajadores en paro de larga duración que han de conformarse (y menos mal) con la limosna recientemente aprobada de los 420 euros al mes! Qué más da si los mileuristas de turno no pueden, aunque tal vez lo quisieran, abrir un plan de pensiones complementario por si llega un momento en que se deteriora el sistema público de pensiones! Qué importa si estos prohombres de la gran banca, tan generosamente pagados en sus años de actividad, han acumulado grandes fortunas, que, bien administradas garantizarían el futuro de sus hijos y nietos! ¡Qué importa!. Lo que en realidad parece que cuenta es preservar el interés personal de estos individuos que se cuidan muy bien de protegerse entre sí y con los que el poder político no quiere, no puede o no se atreve a entrar en conflicto.


Alguien podría tener la tentación de pensar que tampoco es para tanto si lo comparamos con los contratos que suscriben algunos deportistas de élite. Y, en alguna forma podríamos estar de acuerdo, pero, sin que sirva de precedente, por esta vez coincido con Pedrojota en su reflexión de hoy de “El Mundo en dos minutos”. Al menos a estos deportistas, viene a decir Pedrojota, se les paga por una actividad que hacen muy bien. Y que además, añado yo, a muchos nos entretiene y nos distrae de las preocupaciones del día a día. En cambio a J.I. Goirigolzarri, sigue Pedrojota, se le va a pagar generosamente para que se vaya a su casa, en el mejor de los supuestos premiándole por una buena gestión. Claro que, digo yo, hay que ser muy generosos, a la vista de lo que ha ocurrido recientemente con la gran banca, para que concedamos tan ingenuamente el beneficio de la duda.


Buenos días y buen ánimo pese a todo